Reconocer y permanecer en el Ser
En la vida natural humana, nuestra consciencia despierta adherida, e inmersa, en un cuerpo físico, que dispone de la capacidad de percibir el medio externo y el medio interno.
A través de esas percepciones, reconocemos nuestra individualidad, en base al hecho de disponer de un cuerpo autónomo.
Nuestra idea de realidad y de identidad, se construyen en base a esas percepciones.
Si aceptamos que antes que el cuerpo existe una consciencia que se ha de adaptar a esa realidad corporal, comprenderemos las limitaciones que la consciencia ha de asumir para identificarse con lo humano.
Existe entonces un espacio medible entre la consciencia y lo que aprendemos que somos.
Inevitablemente, nos adherimos a la única realidad a nuestro alcance en esos momentos, ya que del modo que sea, hemos olvidado la propia identidad de nuestra consciencia.
Durante mucho tiempo estaremos intentando encontrar en lo humano, en lo corporal y físico, la realidad completa de lo que la consciencia es, ya que hemos desarrollado el hábito de identificar como real, lo que podemos ver y tocar.
La consciencia libre de todo, carece de límites y formas, y a su vez, es plena, ilimitada e incondicional.
Con el tiempo comprendemos que el espacio material y humano, no van a servirnos para recuperar el estado de la consciencia plena.
En un estado maduro, humano, dejamos de culpar al mundo por no lograr lo que nuestro interior anhela, para finalmente comprender dos cosas:
- La legitimidad del anhelo de perfección
- La incapacidad de que la realidad material, por si misma, satisfaga esos anhelos
Estos dos puntos, son fundamentales para emprender la búsqueda de uno mismo y la Verdad. Son el principio del camino interior.
¡Qué importante es no pedirle a la vida lo que no puede darnos!
¡Qué descubrimiento tan trascendente es comprender que lo que le pedimos a la vida y buscamos, es nuestra realidad interior que se busca a sí misma!
Si ya sabemos que lo que buscamos “no es de este mundo”, entonces, dejaremos de pedírselo e iremos a buscarlo donde realmente está.
Nuestra meditación se elevará en potencia, ya que no estaremos pendientes de que algo surge en nuestra mente, de que algo ocurra en la vida exterior. Estaremos completamente atentos a nuestro interior reconociendo su realidad. Por muy vacía que le pueda parecer a nuestro “hábito de pensar”.
Pronto nos daremos cuenta que ese contacto con uno mismo adquiere un matiz de realidad inesperado, ya que nos percibimos íntimamente y nos sabemos presentes, y estamos reconociendo que realmente es nuestro interior, lo real, y lo anhelado.
Aprendemos la destreza de dirigirnos directamente a ese ser que somos, mientras todo lo humano y mental dejan de llamarnos la atención.
Muy aconsejable utilizar la inhalación “infinita”, tomando el aire por la nariz, como por un hilo, lenta y profundamente, como si oliéramos el perfume de una rosa, de principio a fin.
El aire va llenando nuestros pulmones sin presionar, que sea el disfrute de oler la fragancia lo que nos lleva a tomar más aire.
Pareciera que no estamos tomando aire y que nuestra capacidad fuera infinita.
Cuando los pulmones estén llenos, si forzar nunca, el aire lo dejaremos salir como si lo entregásemos suavemente a todo nuestro cuerpo. Podemos sentir que se lo entregamos a todas nuestras células.
Toda nuestra mente enfocada en ese interior profundo que disfruta de la fragancia al inhalar y de la sensación de entregarla a nuestro cuerpo.
Ese lugar donde percibimos el efecto de la inhalación, es el lugar donde existimos y siempre ha estado, desde antes de asimilar el conocimiento material y humano.
Podemos constatar, que podemos seguir percibiendo nuestra presencia permanente, aun cuando no tengamos en nuestra mente ningún pensamiento o recuerdo.
Olvidamos nuestra identidad ser, para asimilarnos a una identidad efímera y fugaz, que solo se soporta en base a disponer de un cuerpo, y mientras este dure.
Continúa,...