¿Cómo dudas de quién eres?
Cuando no encontramos respuestas existenciales en lo humano, se nos indica que hemos de preguntar al “maestro interior”, con la idea de recibir impresiones, o intuiciones, que nos puedan instruir en nuestra realidad interior.
Ante la variabilidad de la vida y su impermanencia, nos vemos casi obligados a basarnos en nuestras percepciones directas y personales. Todo eso que podemos ver y tocar directamente.
Ya no nos sirven elaboraciones mentales y suposiciones. Necesitamos percibirlo desde ese que siempre está prestando atención en nuestro interior.
Todo lo que podemos percibir de la vida humana es fugaz y no viene a ser otra cosa que una proyección de nosotros mismos en algo efímero.
Por ese motivo, terminamos por afinar nuestra atención al máximo con respecto a lo que podemos percibir interiormente, que realmente, siempre está.
En esa intención, toda nuestra mente se queda vacía, como a la espera de llenarse de alguna constatación.
Podemos observar, que en ese momento de plena atención a ese vacío interior, no existe ningún contenido de identidad yo, ni de memorias, ni de cuestiones de la vida humana.
Es un estado de apertura total a la Verdad, que se manifestará sin nuestra aportación.
Hacemos un silencio absoluto dirigiendo nuestra mirada hacia la realidad interior.
Nuestros pensamiento, nuestras motivaciones en lo humano, nuestro pasado y todo lo que creemos ser, se reducen a cero, ni necesitamos sostener esa idea de ser un yo.
Somos un vacío de todo, con la certeza de estar existiendo, de estar completamente receptivos a lo real en uno mismo.
Esa intención sostenida da paso a la sensación de estar sostenidos, de formar parte de una realidad superior que se sostiene a sí misma.
Si permanecemos percibiendo ese sustento que nos mantiene existiendo, seremos consciente de que hay una realidad superior, que es realmente quien sostiene nuestra existencia.
Si algo nos sujeta y mantiene existiendo, ha de haber un contacto entre esa fuerza y uno mismo.
Del mismo modo que la Tierra nos sujeta mediante un contacto físico, así, la Verdad es la que sujeta nuestra asistencia.
Ha de haber una relación muy íntima entre la Verdad y el ser que somos.
Podemos abrirnos a esa sensación interior de existir y estar, para recibir la respuesta que deseamos. Naturalmente en forma de sensaciones y percepciones.
Desde dentro podemos hacernos preguntas existenciales a la espera de recibir respuesta.
¿Quién soy”, ¿qué hago aquí? ¿Para qué vivo?
¿Qué sentido tiene estar siendo algo que se ignora a sí mismo?
¿Qué sentido tiene que yo no sepa quién soy?
¿Cómo es posible que no conozca la Verdad?
Algo tan intenso y anhelado, ¿cómo es posible que no te encuentre por ningún lado?
Necesito permanecer escuchando lo real.
En un momento en que estemos tan fusionado, con la sensación de existir es posible que surja desde el interior una pregunta:
¡No me pidas que te diga quién eres!
Esa afirmación es como un reconocimiento de la sensación de ser.
Similar a: ¿Cómo puedo pedir lo que sé que es mío?
¿Cómo dudas de quién eres?
Simplemente eres, no se puede expresar, no tiene nombre.
Únicamente podemos dejarnos ser. No se puede explicar, no tiene forma, no se puede decir.
Dejándote ser, sin forma, ni proyección, solo podremos ser.
Mantener la compatibilidad con nuestra vida humana, consiste en sostener la consciencia despierta de dejarnos ser, para que se manifiesten las cualidades del interior.
Dejarnos ser incondicionalmente, para que nuestra expresión esté generada por la realidad interior.
Mantener la constancia de percibir que disponemos de un contenedor corporal que manifiesta la realidad del ser interior que percibimos ser.