La importancia de parar
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La importancia de parar
Para poder experimentar una vida humana, necesitamos encarnar en un vehículo físico, que dispone de órganos que nos permiten percibir la realidad física en la que se instala nuestro cuerpo, se desarrolla y facilita la vida humana.
De esa manera, nuestra identidad interior se identifica y asemeja a la vida en el cuerpo y sus límites. Nos vemos involucrados en una secesión de experiencias sujetas al espacio y el tiempo.
En esa sucesión de eventos, muchas veces nos vemos arrastrados y capturados por esa idea de “yo humano” que nos absorbe y es necesario parar, para recolectar con nuestra realidad interior.
Es nuestro interior el que anhela logros en lo humano según los desea y añora y de ese modo, nos vemos arrastrados a una interminable sucesión de actividades.
Muchas veces nos olvidamos de pararnos para reflexionar sobre lo que realmente queremos.
Se hacer necesario parar completamente, e indagar profundamente, en la raíz de nuestra carencia.
En muchas ocasiones contactamos con otras personas o grupos, en ese intento de calmar nuestro interior, generándose más y más frustración.
Nos quedamos como a medias, intentamos proyectar nuestro anhelo en un suceso externo, que siempre pasa, mientras que nuestra demanda interior no cesa.
Seguramente llegará el momento en que sabremos que ese contacto con lo real, con lo que anhelamos, únicamente lo vamos a lograr prestándonos plena atención a nuestro interior.
Observaremos que desde dentro surge el impulso del anhelo, o la añoranza, y que iniciamos el intento de actuar para satisfacerlo o darle salida.
Se hace muy necesario reflexionar sobre la relación que tenemos con nuestro interior y para ello, necesitamos pararnos.
Veremos que tenemos una noción sobre ser una realidad humana que intenta responder a otra realidad que parece estar dentro de nosotros.
De esa manera, observamos que hay una entidad “yo pensada”, que es la que se ha generado durante nuestra vida humana, fruto de nuestra adaptación a ella, a través de la que vivimos lo humano.
Por otra parte, observamos una presencia interior, como sorda y oculta, sobre la que no solemos pensar y que realmente es la que activa al “yo pensado” como medio para satisfacer sus necesidades.
Cuando meditamos, lo que hacemos es ralentizar ese pensamiento que somos de manera que nos damos la posibilidad de percibir otras realidades que no se basan en el acto de pensar. Noa acercamos más es esa realidad interior que siempre está.
Nuestro “yo pensado” es el que se comprende a sí mismo a través de la realidad exterior efímera, como un proceso adaptativo que evoluciona y termina y que es nuestro personaje adaptado que sostenemos en nuestras relaciones humanas.
Nuestro interior, siempre está pulsando como para intentar manifestar una realidad diferente que no logra enmarcarse en lo humano.
Entrado en meditación, relajando nuestra idea de yo y sus movimientos, podemos observar nuestra mente con gran detenimiento mientras nos separamos de el yo pensado, ya que para contemplarlo como una realidad, necesita pensarse.
En es punto, podemos preguntarnos, ¿se trata de dos realidades diferentes, o son simplemente dos estados diferentes de una misma realidad?
Si es así, desde mi capacidad de pensar y actuar, podré comunicarme con mi realidad interior.
Puedo acercarme cada vez más a la sensación interior de ser que se percibe en el momento en que dejo de pensarme.
Son como dos dimensiones interconectadas mediante la atención.
Si llevamos la atención a la sensación interior de ser, sin activar la necesidad de pensar sobre ese realidad percibida, podré incrementar la sensación de ser de forma consciente y podré preguntarme: ¿Dónde está la idea de yo?.
¿Es una realidad? ¿Es algo más que pensamientos, recuerdos, sensaciones?
Cuando estamos completamente observando nuestra realidad interior sin generar pensamientos, es como si la realidad humana no existiese en ese momento.
¿Puedo darme cuenta de ello?