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Di: samuel hernández clemente
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mirando la vida desde la perspectiva de Diossamuel hernández clemente Catechesi ed evangelismo Cristianesimo Spiritualità
  • Deja de CONTROLAR tu enojo
    Oct 16 2026

    No controles el enojo: mátalo. El enojo pecaminoso no debe disimularse, guardarse, mitigarse ni simplemente reorientarse; debe mortificarse. No basta con aprender a contener nuestras reacciones mientras la ira sigue gobernando el corazón. La Escritura nos manda: «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:5). Y entre las manifestaciones de nuestra vieja naturaleza que debemos abandonar están la ira, el enojo y la malicia (Colosenses 3:8).

    Dejemos de culpar a las circunstancias por nuestro enojo y de justificar nuestra ira señalando lo que otros hicieron. Las provocaciones pueden revelar nuestras debilidades, pero no convierten nuestro pecado en virtud. Ser enojón no es una condición que debamos aceptar resignadamente; el mal carácter no es una virtud, y hacer un pleito de cualquier cosa no es señal de firmeza ni de sabiduría. «La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor» (Proverbios 15:1).

    No necesitamos mejores excusas, sino verdadero arrepentimiento. No necesitamos perfeccionar nuestras técnicas para disimular el enojo, sino aprender a mortificarlo por el poder del Espíritu Santo. Esto no significa negar las emociones ni ignorar las injusticias: significa someter nuestras reacciones a la autoridad de Cristo y abandonar la ira pecaminosa que pretende justificarse a sí misma.

    El enojo pecaminoso no es un amo que debamos aprender a administrar, sino un pecado que debemos combatir. No lo alimentes, no lo defiendas, no lo conviertas en parte de tu identidad. Confiésalo, arrepiéntete y hazlo morir. Porque la meta cristiana no es convertirnos en personas que se enojan y se controlan mejor, sino en creyentes cuyo carácter está siendo transformado a la imagen de Cristo.

    Así que la próxima vez que sientas el impulso de explotar, recuerda: no basta con cerrar la boca si el corazón sigue ardiendo de resentimiento. No controles el pecado para conservarlo; mortifícalo para obedecer a Cristo.

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    55 min
  • ¿Estás comiendo bien?
    Oct 13 2026

    Comer también es un acto espiritual. No porque los alimentos sean sagrados en sí mismos, sino porque aun al sentarnos a la mesa vivimos delante de Dios, para su gloria.


    COMER NO ES CARNAL. El alimento es un regalo del Creador. Recibirlo con gratitud, disfrutarlo con sobriedad y compartirlo con generosidad también son expresiones de piedad (1 Timoteo 4:4-5).


    COMER NO ES PRIORIDAD. Nuestro cuerpo necesita alimento, pero nuestra alma necesita la Palabra de Dios. No vivimos para comer; comemos para vivir y servir al Señor. «No sólo de pan vivirá el hombre» (Mateo 4:4).


    COMER NO ES NEUTRAL. Podemos glorificar a Dios o pecar en la mesa: mediante la glotonería, la ingratitud, la vanidad o el desperdicio. Por eso, «si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31).


    COMER NO ES ESTATUS. La comida no determina nuestro valor ni nuestra dignidad. Ni los banquetes nos hacen superiores ni la sencillez de nuestra mesa nos hace inferiores. La piedad no se mide por el menú, sino por una vida rendida al Señor (Lucas 12:15).


    COMER NO ES REFUGIO. Los alimentos pueden proporcionar placer, pero no deben convertirse en el consuelo al que acudimos para evadir nuestras aflicciones, silenciar nuestras ansiedades o llenar el vacío del corazón. Solo Dios es nuestro refugio verdadero (Salmo 62:5-8).


    La mesa también es un escenario de adoración (o de idolatría) - Allí aprendemos gratitud, dominio propio, contentamiento, generosidad y dependencia de la providencia divina. No hagamos del alimento un dios, un consuelo supremo ni una medida de nuestra importancia.


    Comamos con gozo, recibamos con gratitud y vivamos con sobriedad. Porque hasta el pan cotidiano puede recordarnos que dependemos de la bondad de nuestro Padre celestial.

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    39 min
  • NUNCA ES SUFICIENTE
    Oct 9 2026

    La avaricia no consiste simplemente en tener dinero, ahorrar o procurar una vida próspera. El problema no está necesariamente en cuánto tenemos, sino en el lugar que ocupa lo que tenemos en nuestro corazón.

    La avaricia no es ahorrar; podemos ser precavidos. No es hacer negocios; de algo tenemos que vivir. No es establecer límites sabios en nuestros gastos; necesitamos ejercer dominio propio. Tampoco es tener aspiraciones legítimas; la miseria no es una virtud ni la pobreza, por sí misma, una señal de piedad.

    La avaricia comienza cuando convertimos los bienes en un sustituto de Dios, de su paz y de su gozo. Cuando nunca tenemos suficiente, cuando nuestra tranquilidad depende de lo que acumulamos, cuando siempre queremos más y lo que poseemos jamás nos satisface, el dinero ha dejado de ser un instrumento para convertirse en un ídolo.

    El avaro no necesariamente es quien tiene mucho, sino quien, teniendo poco o mucho, ha entregado su corazón a la insaciable necesidad de tener más. Puede llenar sus graneros y, sin embargo, vivir con el alma vacía; puede asegurar sus bienes y, al mismo tiempo, descuidar su eternidad.

    Cristo nos advierte con claridad: «Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12:15).

    Aprendamos a trabajar sin hacer del trabajo nuestro dios, a prosperar sin idolatrar la prosperidad y a disfrutar de los bienes sin poner en ellos nuestra esperanza. La verdadera riqueza no consiste en tener todo lo que deseamos, sino en reconocer que en Dios tenemos aquello que el dinero jamás podrá comprarnos: paz para el alma, gozo verdadero y esperanza eterna en Jesucristo.

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    52 min
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