Episodi

  • Deja de CONTROLAR tu enojo
    Oct 16 2026

    No controles el enojo: mátalo. El enojo pecaminoso no debe disimularse, guardarse, mitigarse ni simplemente reorientarse; debe mortificarse. No basta con aprender a contener nuestras reacciones mientras la ira sigue gobernando el corazón. La Escritura nos manda: «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:5). Y entre las manifestaciones de nuestra vieja naturaleza que debemos abandonar están la ira, el enojo y la malicia (Colosenses 3:8).

    Dejemos de culpar a las circunstancias por nuestro enojo y de justificar nuestra ira señalando lo que otros hicieron. Las provocaciones pueden revelar nuestras debilidades, pero no convierten nuestro pecado en virtud. Ser enojón no es una condición que debamos aceptar resignadamente; el mal carácter no es una virtud, y hacer un pleito de cualquier cosa no es señal de firmeza ni de sabiduría. «La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor» (Proverbios 15:1).

    No necesitamos mejores excusas, sino verdadero arrepentimiento. No necesitamos perfeccionar nuestras técnicas para disimular el enojo, sino aprender a mortificarlo por el poder del Espíritu Santo. Esto no significa negar las emociones ni ignorar las injusticias: significa someter nuestras reacciones a la autoridad de Cristo y abandonar la ira pecaminosa que pretende justificarse a sí misma.

    El enojo pecaminoso no es un amo que debamos aprender a administrar, sino un pecado que debemos combatir. No lo alimentes, no lo defiendas, no lo conviertas en parte de tu identidad. Confiésalo, arrepiéntete y hazlo morir. Porque la meta cristiana no es convertirnos en personas que se enojan y se controlan mejor, sino en creyentes cuyo carácter está siendo transformado a la imagen de Cristo.

    Así que la próxima vez que sientas el impulso de explotar, recuerda: no basta con cerrar la boca si el corazón sigue ardiendo de resentimiento. No controles el pecado para conservarlo; mortifícalo para obedecer a Cristo.

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    55 min
  • ¿Estás comiendo bien?
    Oct 13 2026

    Comer también es un acto espiritual. No porque los alimentos sean sagrados en sí mismos, sino porque aun al sentarnos a la mesa vivimos delante de Dios, para su gloria.


    COMER NO ES CARNAL. El alimento es un regalo del Creador. Recibirlo con gratitud, disfrutarlo con sobriedad y compartirlo con generosidad también son expresiones de piedad (1 Timoteo 4:4-5).


    COMER NO ES PRIORIDAD. Nuestro cuerpo necesita alimento, pero nuestra alma necesita la Palabra de Dios. No vivimos para comer; comemos para vivir y servir al Señor. «No sólo de pan vivirá el hombre» (Mateo 4:4).


    COMER NO ES NEUTRAL. Podemos glorificar a Dios o pecar en la mesa: mediante la glotonería, la ingratitud, la vanidad o el desperdicio. Por eso, «si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31).


    COMER NO ES ESTATUS. La comida no determina nuestro valor ni nuestra dignidad. Ni los banquetes nos hacen superiores ni la sencillez de nuestra mesa nos hace inferiores. La piedad no se mide por el menú, sino por una vida rendida al Señor (Lucas 12:15).


    COMER NO ES REFUGIO. Los alimentos pueden proporcionar placer, pero no deben convertirse en el consuelo al que acudimos para evadir nuestras aflicciones, silenciar nuestras ansiedades o llenar el vacío del corazón. Solo Dios es nuestro refugio verdadero (Salmo 62:5-8).


    La mesa también es un escenario de adoración (o de idolatría) - Allí aprendemos gratitud, dominio propio, contentamiento, generosidad y dependencia de la providencia divina. No hagamos del alimento un dios, un consuelo supremo ni una medida de nuestra importancia.


    Comamos con gozo, recibamos con gratitud y vivamos con sobriedad. Porque hasta el pan cotidiano puede recordarnos que dependemos de la bondad de nuestro Padre celestial.

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    39 min
  • NUNCA ES SUFICIENTE
    Oct 9 2026

    La avaricia no consiste simplemente en tener dinero, ahorrar o procurar una vida próspera. El problema no está necesariamente en cuánto tenemos, sino en el lugar que ocupa lo que tenemos en nuestro corazón.

    La avaricia no es ahorrar; podemos ser precavidos. No es hacer negocios; de algo tenemos que vivir. No es establecer límites sabios en nuestros gastos; necesitamos ejercer dominio propio. Tampoco es tener aspiraciones legítimas; la miseria no es una virtud ni la pobreza, por sí misma, una señal de piedad.

    La avaricia comienza cuando convertimos los bienes en un sustituto de Dios, de su paz y de su gozo. Cuando nunca tenemos suficiente, cuando nuestra tranquilidad depende de lo que acumulamos, cuando siempre queremos más y lo que poseemos jamás nos satisface, el dinero ha dejado de ser un instrumento para convertirse en un ídolo.

    El avaro no necesariamente es quien tiene mucho, sino quien, teniendo poco o mucho, ha entregado su corazón a la insaciable necesidad de tener más. Puede llenar sus graneros y, sin embargo, vivir con el alma vacía; puede asegurar sus bienes y, al mismo tiempo, descuidar su eternidad.

    Cristo nos advierte con claridad: «Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12:15).

    Aprendamos a trabajar sin hacer del trabajo nuestro dios, a prosperar sin idolatrar la prosperidad y a disfrutar de los bienes sin poner en ellos nuestra esperanza. La verdadera riqueza no consiste en tener todo lo que deseamos, sino en reconocer que en Dios tenemos aquello que el dinero jamás podrá comprarnos: paz para el alma, gozo verdadero y esperanza eterna en Jesucristo.

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    52 min
  • La FORNICACIÓN enmascarada
    Oct 7 2026

    En la Escritura, “fornicación” no debe entenderse únicamente como el acto sexual cometido fuera de los límites establecidos por Dios. El término bíblico "porneia" tiene un alcance más amplio: comprende diversas formas de inmoralidad, impureza y perversión sexual que contradicen el diseño santo de Dios para la sexualidad humana. Por eso, la fornicación no siempre se presenta con rostro descarado; con frecuencia se disfraza, se justifica, se intelectualiza y hasta se convierte en entretenimiento. El pecado rara vez llega diciendo: “Soy pecado”. Prefiere ponerse una máscara y pedir que lo llamemos libertad, madurez, humor o amor.


    La Biblia nos advierte: “Huid de la fornicación” (1 Co. 6:18). No dice: “negociemos con ella”, “aprendamos a controlarla” o “veamos hasta dónde podemos acercarnos”. Debemos aprender a reconocer sus máscaras.

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    50 min
  • Envidia corrosiva
    Sep 30 2026

    La envidia no se vuelve virtud porque la bauticemos con diminutivos: no existe «envidia de la buena». La Escritura la presenta como una disposición corrosiva del corazón que entristece ante el bien ajeno, alimenta el descontento y convierte la bendición del prójimo en motivo de amargura. «El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos» (Pr. 14:30). La envidia no solamente mira lo que otro tiene; secretamente desearía que no lo tuviera, porque compara, codicia y juzga que Dios ha repartido mal sus dones. Por eso necesita arrepentimiento, no maquillaje lingüístico: frente a la envidia debemos aprender a «gozarnos con los que se gozan» (Ro. 12:15), agradecer la providencia de Dios y recordar que «¿Quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co. 4:7). El corazón agradecido celebra la gracia de Dios aun cuando esa gracia haya sido derramada sobre otro; el corazón envidioso, en cambio, quisiera que la misericordia divina tuviera cupo limitado, siempre que el privilegiado no sea el prójimo.


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    54 min
  • Ponte pilas, sacude la pereza
    Sep 24 2026

    La pereza es uno de esos pecados que hemos aprendido a considerar casi normales: la disfrazamos de cansancio, la llamamos descanso cuando no lo es, y hasta hacemos bromas con ella; pero que un pecado sea común no lo convierte en inocente. La Escritura amonesta al perezoso porque su negligencia revela un corazón que posterga aquello que Dios nos ha encomendado: «El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada» (Pr. 13:4). Por eso, debemos rechazar la cómoda costumbre de aplazar lo que requiere prioridad, urgencia y perseverancia. La diligencia cristiana no consiste en vivir afanados, sino en ocupar fielmente el tiempo y las fuerzas que Dios nos concede, atendiendo primero lo que verdaderamente importa y perseverando hasta cumplir nuestro deber. «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas» (Ec. 9:10). No llamemos prudencia a nuestra postergación, ni descanso a nuestra negligencia: cuando Dios nos llama a actuar, la fidelidad también se demuestra levantándonos y haciendo aquello que corresponde.

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    49 min
  • AIRES DE GRANDEZA
    Sep 22 2026

    El orgullo nos hace levantar la mirada sobre nosotros mismos, como si fuéramos suficientes, sabios y dignos de gloria; pero la cruz de Cristo derriba toda altivez y deja al descubierto la miseria de nuestro pecado. Allí contemplamos al Santo humillándose hasta lo sumo, llevando sobre sí la culpa de hombres soberbios y rebeldes. ¿De qué podemos gloriarnos delante de un Salvador crucificado por nuestros pecados? La cruz nos recuerda que no fuimos salvados por nuestros méritos, nuestra justicia ni nuestra dignidad, sino únicamente por la gracia. Por eso debemos abandonar toda arrogancia y aprender a decir con Pablo: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). Ante la cruz, el orgullo pierde su corona, el ego queda sin argumentos y el pecador aprende nuevamente a inclinarse; porque «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).

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  • El hijo amado, terminó CONDENADO
    Sep 17 2026

    El Hijo amado del Padre terminó condenado como si fuera el peor de los pecadores. Aquel en quien el Padre se complacía (Mt. 3:17), el Santo, Justo e Inocente, fue llevado ante el tribunal, acusado, despreciado y finalmente sentenciado a muerte. Pero aquí resplandece el misterio glorioso del evangelio: Cristo no fue condenado por sus propios pecados, sino por los nuestros. «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6), y «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Co. 5:21). El Justo ocupó el lugar de los injustos; el Bendito cargó nuestra maldición; el Hijo amado recibió la condena que nosotros merecíamos. El madero no fue un accidente de la historia, sino el altar donde el Cordero voluntariamente entregó su vida por su pueblo. ¡Qué abismo de gracia! El Hijo amado fue condenado para que los condenados pudieran ser recibidos como hijos amados. Por eso, nuestra salvación no descansa en que Dios haya ignorado nuestra culpa, sino en que Cristo la asumió y satisfizo perfectamente la justicia divina. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gá. 3:13). La cruz, entonces, no minimiza nuestro pecado: revela cuán terrible era nuestra culpa y cuán inmensa es la gracia que nos alcanzó en Cristo.

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    50 min