Episodi

  • La verdad y las mayorías, de los escritos de San Atanasio de Alejandría
    Oct 9 2026

    LA VERDAD Y LAS MAYORÍAS

    De las homilías de San Atanasio de Alejandría

    ¡Cuán admirable es la fuerza de la Verdad! Sí, la Verdad es siempre vencedora, aunque no esté sostenida sino por un número muy pequeño.

    De Dios debemos esperar la fuerza y las luces necesarias para combatir la mentira y el error, y a Él recurriremos para obtenerlas. Él es el Dios de la Verdad, Él nos ha sacado del seno del error y de la ilusión, Él nos dice en el fondo del corazón: "Yo soy la Verdad", Él sostiene nuestra esperanza y anima nuestro celo, cuando nos dice: "Tened confianza, Yo he vencido al mundo".

    Después de eso, ¿cómo no sentir compasión por los que sólo miden la fuerza

    y el poder de la Verdad por la grandeza de las mayorías? ¿Han olvidado que Nuestro Señor Jesucristo no eligió sino doce discípulos, gentes simples, sin letras, pobres e ignorantes, para oponerlos al mundo entero y que les dio únicamente como defensa su confianza en Él?

    No tener otro recurso sino el gran número, recurrir a él como a una muralla contra todos los ataques, y como a una respuesta para todas las dificultades, es reconocer la debilidad de la causa, es convenir en la imposibilidad de que si se tiene que defender, es, en una palabra, reconocerse vencido. Que vuestra mayoría me presente la Verdad en toda su pureza y su brillo, y estaré dispuesto a rendirme; pero que no me dé como prueba y razón nada más la autoridad de la mayoría: con esto me pueden causar terror y hasta dar miedo, pero de ningún modo persuadirme.

    Cuando diez mil hombres se hubiesen reunido para hacerme creer en pleno día que es de noche, para hacerme aceptar una moneda de cobre por una moneda de oro, para persuadirme a tomar un veneno conocido como un alimento útil y conveniente, ¿estaría obligado por eso a creerles?

    Por consiguiente, puesto que no estoy obligado a creer en la mayoría, que está sujeto a error en las cosas puramente terrestres, ¿Por qué cuando se trata de moral y religión, y de las cosas del cielo, estaría yo obligado a abandonar a la Tradición de los Padres, lo que se ha creído en los siglos más remotos, y está confirmado además, por la Sagrada Escritura? ¿Por qué, digo, estaría yo obligado a abandonarlos para seguir a una multitud que no da ninguna prueba de lo que afirma?

    El Señor mismo nos dijo que había muchos llamados, pero pocos escogidos; que la puerta de la vida es pequeña y estrecha, y que son pocos los que la encuentran. Por consiguiente, ¿cuál es el hombre razonable que no prefiriese ser de este pequeño número, que entra a la vida eterna por ese camino estrecho, a ser del gran número que corre y se precipita a la muerte por el camino ancho? ¿Quién de vosotros, si hubiese estado en los tiempos en que

    San Esteban fue lapidado y expuesto a los insultos del gran número, no hubiese preferido e incluso no hubiese deseado ser de su partido, aunque él estuviese solo, antes que seguir al pueblo, que por el testimonio y la autoridad de la multitud creía estar en la verdad?

    "No sigáis la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio te acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad" .

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  • El que vence a las tentaciones consigue la paz, de los escritos de San Pío de Pietrelcina
    Sep 25 2026

    EL QUE VENCE A LAS TENTACIONES CONSIGUE LA PAZ

    De los escritos de San Pío de Pietrelcina

    En las tentaciones lucha con valentía junto con las almas fuertes y combate junto al jefe supremo; en las caídas no permanezcas postrado ni en el espíritu ni en el cuerpo; humíllate mucho pero sin perder el ánimo; abájate pero sin degradarte; lava tus imperfecciones y tus caídas con lágrimas sinceras de arrepentimiento, sin que falte la confianza en la divina bondad que será siempre mucho mayor que tu ingratitud; propón tu enmienda sin presumir de ti mismo, ya que tu fortaleza la debes tener sólo en Dios.

    Confía en Dios y espera en su paterna bondad, que la luz deberá hacerse. Recuérdalo: está más cerca de Dios el malhechor que se avergüenza de haber actuado mal, que el hombre honesto que se avergüenza de hacer el bien. El tiempo gastado por la gloria de Dios y por la salvación del alma,nunca es tiempo mal empleado.

    Levanta la mente llena de fe hacia la patria celestial y dirige a ella todos tus pensamientos y aspiraciones. Ésa es nuestra verdadera patria. Debemos rendir cuentas de cada minuto, de cada movimiento de la gracia, de cada santa inspiración, de cada ocasión que se nos presenta para hacer el bien.

    Haz el bien en todas partes, para que todos puedan decir: “Este es un hijo de Cristo”. Soporta por amor a Dios y por la conversión de los pobres pecadores, las tribulaciones, las enfermedades, los sufrimientos.

    Defiende al débil, consuela al que llora. Un solo acto de amor a Dios en tiempos de aridez vale más que cien en momentos de ternura y consuelo.

    Es necesario amar, amar, amar y nada más.

    Recuerda que la paz del espíritu puede conservarse también en medio detodas las tempestades de la vida presente.

    La paz, apréndelo muy bien, consiste fundamentalmente en la concordia con nuestro prójimo, al que le deseamos toda clase de bienes; consiste además en la amistad con Dios, mediante la gracia santificante; y la prueba de que estamos unidos a Dios es la certeza moral de no haber cometido pecado mortal, que es un peso en nuestra alma.

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  • A imagen de Dios, de las Homilías de San León Magno
    Sep 11 2026

    A IMAGEN DE DIOS

    De la homilías de San León Magno.


    Si fiel y sabiamente, amados hermanos, consideramos el principio de nuestra creación, hallaremos que el hombre fue formado a imagen de Dios, a fin de que imitara a su Autor. La natural dignidad de nuestro linaje consiste precisamente en que resplandezca en nosotros, como en un espejo, la hermosura de la bondad divina. A este fin, cada día nos auxilia la gracia del Salvador, de modo que lo perdido por el primer Adán sea reparado por el segundo. La causa de nuestra salud no es otra que la misericordia de Dios, a quien no amaríamos si antes Él no nos hubiera amado y con la luz de su verdad no hubiera alumbrado nuestras tinieblas de ignorancia. Esto ya nos lo había anunciado el Señor por medio de su profeta Isaías: Guiaré a los ciegos por un camino ignorado y les haré caminar por senderos desconocidos. Ante ellos tornaré en luz las tinieblas, y lo escarpado en llano. Cumpliré mi palabra y no les abandonaré (Is 42, 18). Y de nuevo: Me hallaron los que no me buscaban, me presenté ante los que no preguntaban por mí (Is 65, 1). De qué modo se ha cumplido todo esto, nos lo enseña el Apóstol Juan: Sabemos que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos la Verdad, y permanecemos en la Verdad, que es su Hijo (1 Jn 5, 20). Y también: Amemos a Dios, porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 19).


    Dios, cuando nos ama, nos restituye a su imagen, y para hallar en nosotros la figura de su bondad, nos concede que podamos obrar como Él obra, iluminando nuestras inteligencias e inflamando nuestros corazones, de modo que no sólo le amemos a Él, sino también a todo cuanto Él ama. Pues si entre los hombres se da una fuerte amistad cuando les une la semejanza de costumbres, ¡cuánto más deberemos desear y esforzarnos por no discrepar de aquellas cosas que Dios ama! Pues ya dijo el Profeta: Porque la vida está en su voluntad (Sal 29, 6), ya que en nosotros no estará de ningún modo la majestad divina, si no procuramos imitar en todo la voluntad de Dios. Dice el Señor: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma (...) Amarás al prójimo como a ti mismo (Mt 12, 37-39).

    Así pues, reciba el alma fiel la caridad maravillosa de su Autor, y sométase toda a su voluntad amando en todo a los hermanos, porque en las obras y juicios de Dios nada hay vacío de verdad y de justicia, de compasión y de clemencia (...). Ejercitemos constantemente la oración, por la que buscamos el amor de Dios, la humildad por la que apagamos la concupiscencia de la carne, y la caridad por la que se perdonan los pecados. De este modo, se irá restaurando en nosotros la imagen de Dios si estamos siempre preparados para tratar a Dios como un verdadero Padre, si somos perseverantes en nuestra purificación interior y si de continuo procuramos el bien de nuestro prójimo. Esta triple observancia sintetiza los afectos de todas las virtudes, nos hace llegar a la imagen y semejanza de Dios y nos une inseparablemente al Espíritu Santo. Así es: en las oraciones permanece la fe recta; en la humildad, la vida inocente, y en la caridad, nuestra benignidad.

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  • Él me librará de la red del cazador, de los sermones de San Bernardo
    Aug 28 2026

    ÉL ME LIBRARÁ DE LA RED DEL CAZADOR

    De los sermones de San Bernardo de Claraval


    Yo sinceramente, hermanos, siento una gran compunción y compasión hacia mí mismo y tengo lástima de mi alma cuándo escucho estas palabras del salmo: El me librará de la red del cazador. Porque ¿es que somos unas fieras? Sí; exactamente, lo somos. El hombre encumbrado en su dignidad no lo quiso entender; se puso al nivel de los animales, destinados a ser cazados. Son verdaderas bestias los hombres, cuando caminan como ovejas descarriadas sin pastor.

    ¿De qué te ensoberbeces, desgraciado? ¿De qué te jactas,sabihondo? ¡Mira que verte reducido a un animal a quien tienden redes para cazarlo! ¿Y quiénes son estos cazadores? Unos cazadores perversos y malvados, astutos, crueles. Cazadores que no dejan oír sus voces para que no se les sienta, y así acribillan al inocente pasando desapercibidos. Son los jefes que dominan en las tinieblas, astutos por su malicia y traidores por sus diabólicos engaños. Como unvenado ante el cazador...eso es todo hombre para ellos, por muy sagaz que se crea. Solamente pueden enfrentarse a ellos los que como el Apóstol conocen sus tretas, porque Dios les mostró su saber,concediéndoles descubrir los engaños de los espíritus malignos.

    Por eso os recomiendo a vosotros, plantas tiernas de Dios,que aún carecéis de una fina sensibilidad para discernir el bien delmal: no procedáis según vuestro propio sentir, no os dejéisllevar de vuestro juicio propio, no sea que ese cazador astuto os engañe como a incautos e ignorantes. Porque a las bestias de la selva, que son fieras salvajes -me refiero a los hombres mundanos-, ese cazador les tiende sus lazos sin camuflaje alguno; sabe que caeránnfácilmente en su red. Pero a vosotros, cervatillos asustadizos, que matáislas serpientes y vais tras las corrientes de agua viva, oscoloca celadamente trampas mucho más astutas y se vale de las más rebuscadas artimañas. Por eso os pido que os humilléis bajo la poderosa mano de Dios, vuestro pastor, y escuchéis a los que conocen mejor las mañas de esos cazadores, ya que se han formado por su experiencia propia y ajena y por su ascesis, ejercitada en repetidas pruebas a lo largo de los años.


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  • Busquemos a la Virgen, de los sermones de Juan María Vianney
    Aug 14 2026

    BUSQUEMOS A LA VIRGEN

    De los sermones de San Juan María Viannney


    "El mundo está lleno de monumentos que atestiguan y dan fe de las gracias que la Santísima Virgen nos alcanza; contemplad, si no esos santuarios, esos cuadros, esas capillas en honor de María.

    ¡Ah!, ¡si sintiésemos una tierna devoción a la Virgen María, cuántas gracias alcanzaríamos para salvación nuestra! ¡Oh padres y madres! Si por la mañana pusieseis a vuestros hijos bajo la protección de la Santísima Virgen, Ella rogaría por su bien y los salvaría a ellos y a vosotros.

    ¡Oh! ¡Cuánto teme el demonio la devoción a la Santísima Virgen!...Quejábase aquel un día amargamente a San Francisco de los dos tipos de personas que más le hacen sufrir. Unas son las que contribuyen a extender la devoción a la Virgen María, y otras las que llevan el santo Escapulario.

    ¡Ah!, ¿no será lo dicho bastante para inspirarnos una gran confianza en la Santísima Virgen y un gran deseo de consagrarnos enteramente a Ella poniendo en sus manos nuestra vida, nuestra muerte y nuestra eternidad? ¡Qué inefable consuelo en nuestras penas y tristezas, saber que María quiere y puede socorrernos! Sí, bien podemos decir que aquel que pone su confianza en María tiene asegurada la salvación, pues jamás se oyó decir que quien puso su salvación en manos de María se condenase. En la hora de la muerte conoceremos los innumerables pecados que María nos hizo evitar y las muchas obras buenas que sin su protección jamás hubiésemos realizado.

    Tomémosla por modelo y tendremos la certeza de que andamos por el camino que conduce al Cielo. Admiremos en ella aquella humildad, aquella pureza, aquella caridad, aquel menosprecio de la vida, aquel celo por la gloria de su Hijo y por la salvación de las almas. Sí, entreguémonos y consagrémonos a María por toda nuestra vida.

    ¡Feliz aquel que vive y muere bajo la protección de María, pues tiene seguro el cielo! Esto es lo que os deseo."

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  • La santidad se conquista en la sencillez, de los sermones de San Juan María Vianney
    Jun 19 2026

    LA SANTIDAD SE CONQUISTA EN LA SENCILLEZDe las homilías de San Juan María Vianney

    "Sed santos porque yo soy santo, dice el Señor. ¿Por qué Dios nos da un similar mandamiento? Es porque somos sus hijos, y si el Padre es santo, también los hijos lo debemos ser. Solamente los santos esperan poseer la felicidad de poder gozar la presencia de Dios que es la santidad misma. En efecto, ser cristiano y vivir en el pecado, es una contradicción monstruosa. Un cristiano debe ser santo….

    Los mundanos, para dispensarse del trabajo para alcanzar la santidad, se convencen de que para ser santos se necesitan hacer acciones estrepitosas, aplicarse a prácticas de devoción extraordinarias, abrazar grandes austeridades, hacer múltiples ayunos, abandonar el mundo para refugiarse en el desierto para pasar días y noches en oración. Sin duda todo esto es bueno, y es propio del camino que muchos santos han seguido; mas no es todo lo que Dios nos pide a todos. No, no es esto lo que nuestra religión exige, al contrario, ella nos dice: Levantad los ojos al cielo y observad si todos aquellos que ocupan los primeros puestos han hecho cosas maravillosas. ¿Donde están los milagros de nuestra Señora, de san Juan Bautista, de san José? Escuchad: Jesucristo mismo dice que muchos, en el día del juicio, exclamarán: -Señor, Señor, no hemos profetizado en tu nombre; no hemos expulsado demonios y hecho milagros?…-.-¡Como! ¿habéis dominado el mar y no habéis sabido dominar las pasiones? ¿Habéis liberado a los poseídos del demonio, y habéis sido sus esclavos?….Id, miserables, al fuego eterno; habéis hecho grandes cosas, pero no habéis hecho nada para salvaros y ganaros mi amor.

    Ved por tanto que la santidad no consiste en hacer grandes cosas, sino en cumplir fielmente los mandamientos de Dios, cumplir el propio deber, en el lugar donde Dios nos ha puesto.Vemos a menudo una persona del mundo, que cumple fielmente los pequeños deberes de su estado, ser más grata a Dios, que unos solitarios en el desierto.

    ¿Queréis saber ahora qué cosa es un santo a los ojos de la religión? Es un hombre que teme a Dios, que lo ama sinceramente y que lo sirve con fidelidad; es un hombre que no se deja inflar de la soberbia, ni dominar del amor propio, que es verdaderamente humilde y pequeño a sus ojos; que privándose de bienes de este mundo, incluso ni los desea; es un hombre que, poseyendo su alma llena de paciencia y justicia, no se ofende por injusticias que le hagan. (…) Es un hombre que es asiduo a las funciones divinas, que frecuenta los sacramentos, y que se ocupa seriamente de su salvación; es un hombre que, tendiendo horror de cada impureza, huye de las malas compañías cuando puede, para conservar puro su cuerpo y su alma. Es un hombre que en todo se somete a la voluntad de Dios, en todas las cruces y los obstáculos que se le presentan; que no acusa a ninguno, pero reconoce que la justicia divina se posa sobre aquel a causa de sus pecados.

    (…) Sí, podemos ser unos santos, y debemos todos trabajar y volvernos santos. Los santos han sido mortales como nosotros, débiles y sujetos de pasiones como nosotros. Además tenemos los mismos auxilios, las mismas gracias, los mismos sacramentos… Podemos ser santos, porque nunca el buen Dios rechazará darnos su gracia para ayudarnos a hacernos santos, Él es nuestro buen Padre, nuestro Salvador y nuestro amigo. Él desea con ardor vernos liberados de los males de esta vida. Él quiere ya colmarnos de inmensas consolaciones, adelantos del cielo, que yo os deseo."

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  • Debemos conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento. De las cartas de Santa Margarita María de Alacoque
    Jun 5 2026

    Debemos conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento


    De las cartas de santa Margarita María de Alacoque


    Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida segúnsu beneplácito.

    De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

    Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

    Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración?

    Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento altar, ofreciendo su fervor en reparación devuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: «Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras». Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: «Acepta loque te manda el sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí».

    Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente.

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  • La unción con el Espíritu Santo, de las Catequesis de San Cirilo de Jerusalén
    May 22 2026

    La unción con el Espíritu Santo

    De las Catequesis de San Citilo de Jerusalén

    Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo (cf. Ga 3, 27), habéis sido hechos semejantes a la imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8, 29). El Dios que nos predestinó de antemano para la adopción (cf. Ef 1, 5) nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Habiendo venido a ser partícipes de Cristo (cf. Hb 3, 14). Sois llamados, no de modo inmerecido, «Cristos». De vosotros dijo Dios: No toquéis a mis ungidos (Sal 105, 15). Fuisteis hechos «Cristos» al recibir la imagen del Espíritu Santo y todas las cosas de cara a vosotros se han realizado en realidad, puesto que verdaderamente sois imágenes de Cristo. Él mismo, una vez bautizado en el Jordán y después de comunicar la fragancia de los efluvios de su divinidad a las aguas, salió de éstas y el Espíritu Santo descendió a Él en forma visible y posándose como alguien que le era semejante. De modo también semejante, se os ha dado la unción con el sagrado crisma, imagen de aquella con el que fue ungido Cristo: Por esta figura o imagen se nos trae al Espíritu Santo. Sobre él dijo también el bienaventurado Isaías en su profecía, y refiriéndose a la persona del Señor: El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí, por cuanto me ha ungido. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado...

    Y del mismo modo que Cristo verdaderamente fue crucificado, fue sepultado y resucitó, a vosotros se os concede la unción, y por don divino, ser crucificados con Él, ser sepultados y resucitar. Cristo fue ungido con el óleo inteligible de la alegría, esto es, con el Espíritu Santo. Por eso se llama óleo de la alegría, porque causa una alegría espiritual; y vosotros habéis sido ungidos al ser hechos partícipes de la misma suerte de Cristo.

    Guardad incontaminado esta unción. Os instruirá acerca de todo si permanece en vosotros, pues éste es un crisma santo, salvaguardia espiritual del cuerpo y saludable custodia del alma. Ya desde los tiempos antiguos, el bienaventurado Isaías profetizaba diciendo: Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahvé será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones... (Is 2, 2). Llama «monte» a la Iglesia, al decir que «será asentado en la cima de los montes» y que participarán en un «convite de buenos vinos» (Is 25, 6), con esta santa unción. Y para confirmarte más en todo esto, escucha lo que dice todavía el profeta: Transmite todo esto a los pueblos: el proyecto que Dios tiene sobre todas las naciones» (Is 25, 7 LXX). Ungidos, pues, con esta santa unción, guardadla en vosotros inmaculada e irreprensible, sacando provecho por medio de buenas obras y agradando al autor de vuestra salvación, Cristo Jesús, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


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