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Voces de santidad

Voces de santidad

Di: Francisco Acedo Fernández
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Sumérgete en una experiencia espiritual única con esta colección de audios originales que entrelazan la sabiduría eterna de los santos cristianos con música envolvente. Cada episodio presenta extractos cuidadosamente seleccionados de textos, oraciones y pensamientos de grandes santos —como San Agustín, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, entre otros— que han iluminado el camino de innumerables almas a lo largo de los siglos. Acompañados por melodías serenas y atmósferas contemplativas, estos mensajes buscan tocar el corazón, elevar el espíritu y renovar la fe.Francisco Acedo Fernández Spiritualità
  • La verdad y las mayorías, de los escritos de San Atanasio de Alejandría
    Oct 9 2026

    LA VERDAD Y LAS MAYORÍAS

    De las homilías de San Atanasio de Alejandría

    ¡Cuán admirable es la fuerza de la Verdad! Sí, la Verdad es siempre vencedora, aunque no esté sostenida sino por un número muy pequeño.

    De Dios debemos esperar la fuerza y las luces necesarias para combatir la mentira y el error, y a Él recurriremos para obtenerlas. Él es el Dios de la Verdad, Él nos ha sacado del seno del error y de la ilusión, Él nos dice en el fondo del corazón: "Yo soy la Verdad", Él sostiene nuestra esperanza y anima nuestro celo, cuando nos dice: "Tened confianza, Yo he vencido al mundo".

    Después de eso, ¿cómo no sentir compasión por los que sólo miden la fuerza

    y el poder de la Verdad por la grandeza de las mayorías? ¿Han olvidado que Nuestro Señor Jesucristo no eligió sino doce discípulos, gentes simples, sin letras, pobres e ignorantes, para oponerlos al mundo entero y que les dio únicamente como defensa su confianza en Él?

    No tener otro recurso sino el gran número, recurrir a él como a una muralla contra todos los ataques, y como a una respuesta para todas las dificultades, es reconocer la debilidad de la causa, es convenir en la imposibilidad de que si se tiene que defender, es, en una palabra, reconocerse vencido. Que vuestra mayoría me presente la Verdad en toda su pureza y su brillo, y estaré dispuesto a rendirme; pero que no me dé como prueba y razón nada más la autoridad de la mayoría: con esto me pueden causar terror y hasta dar miedo, pero de ningún modo persuadirme.

    Cuando diez mil hombres se hubiesen reunido para hacerme creer en pleno día que es de noche, para hacerme aceptar una moneda de cobre por una moneda de oro, para persuadirme a tomar un veneno conocido como un alimento útil y conveniente, ¿estaría obligado por eso a creerles?

    Por consiguiente, puesto que no estoy obligado a creer en la mayoría, que está sujeto a error en las cosas puramente terrestres, ¿Por qué cuando se trata de moral y religión, y de las cosas del cielo, estaría yo obligado a abandonar a la Tradición de los Padres, lo que se ha creído en los siglos más remotos, y está confirmado además, por la Sagrada Escritura? ¿Por qué, digo, estaría yo obligado a abandonarlos para seguir a una multitud que no da ninguna prueba de lo que afirma?

    El Señor mismo nos dijo que había muchos llamados, pero pocos escogidos; que la puerta de la vida es pequeña y estrecha, y que son pocos los que la encuentran. Por consiguiente, ¿cuál es el hombre razonable que no prefiriese ser de este pequeño número, que entra a la vida eterna por ese camino estrecho, a ser del gran número que corre y se precipita a la muerte por el camino ancho? ¿Quién de vosotros, si hubiese estado en los tiempos en que

    San Esteban fue lapidado y expuesto a los insultos del gran número, no hubiese preferido e incluso no hubiese deseado ser de su partido, aunque él estuviese solo, antes que seguir al pueblo, que por el testimonio y la autoridad de la multitud creía estar en la verdad?

    "No sigáis la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio te acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad" .

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  • El que vence a las tentaciones consigue la paz, de los escritos de San Pío de Pietrelcina
    Sep 25 2026

    EL QUE VENCE A LAS TENTACIONES CONSIGUE LA PAZ

    De los escritos de San Pío de Pietrelcina

    En las tentaciones lucha con valentía junto con las almas fuertes y combate junto al jefe supremo; en las caídas no permanezcas postrado ni en el espíritu ni en el cuerpo; humíllate mucho pero sin perder el ánimo; abájate pero sin degradarte; lava tus imperfecciones y tus caídas con lágrimas sinceras de arrepentimiento, sin que falte la confianza en la divina bondad que será siempre mucho mayor que tu ingratitud; propón tu enmienda sin presumir de ti mismo, ya que tu fortaleza la debes tener sólo en Dios.

    Confía en Dios y espera en su paterna bondad, que la luz deberá hacerse. Recuérdalo: está más cerca de Dios el malhechor que se avergüenza de haber actuado mal, que el hombre honesto que se avergüenza de hacer el bien. El tiempo gastado por la gloria de Dios y por la salvación del alma,nunca es tiempo mal empleado.

    Levanta la mente llena de fe hacia la patria celestial y dirige a ella todos tus pensamientos y aspiraciones. Ésa es nuestra verdadera patria. Debemos rendir cuentas de cada minuto, de cada movimiento de la gracia, de cada santa inspiración, de cada ocasión que se nos presenta para hacer el bien.

    Haz el bien en todas partes, para que todos puedan decir: “Este es un hijo de Cristo”. Soporta por amor a Dios y por la conversión de los pobres pecadores, las tribulaciones, las enfermedades, los sufrimientos.

    Defiende al débil, consuela al que llora. Un solo acto de amor a Dios en tiempos de aridez vale más que cien en momentos de ternura y consuelo.

    Es necesario amar, amar, amar y nada más.

    Recuerda que la paz del espíritu puede conservarse también en medio detodas las tempestades de la vida presente.

    La paz, apréndelo muy bien, consiste fundamentalmente en la concordia con nuestro prójimo, al que le deseamos toda clase de bienes; consiste además en la amistad con Dios, mediante la gracia santificante; y la prueba de que estamos unidos a Dios es la certeza moral de no haber cometido pecado mortal, que es un peso en nuestra alma.

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    4 min
  • A imagen de Dios, de las Homilías de San León Magno
    Sep 11 2026

    A IMAGEN DE DIOS

    De la homilías de San León Magno.


    Si fiel y sabiamente, amados hermanos, consideramos el principio de nuestra creación, hallaremos que el hombre fue formado a imagen de Dios, a fin de que imitara a su Autor. La natural dignidad de nuestro linaje consiste precisamente en que resplandezca en nosotros, como en un espejo, la hermosura de la bondad divina. A este fin, cada día nos auxilia la gracia del Salvador, de modo que lo perdido por el primer Adán sea reparado por el segundo. La causa de nuestra salud no es otra que la misericordia de Dios, a quien no amaríamos si antes Él no nos hubiera amado y con la luz de su verdad no hubiera alumbrado nuestras tinieblas de ignorancia. Esto ya nos lo había anunciado el Señor por medio de su profeta Isaías: Guiaré a los ciegos por un camino ignorado y les haré caminar por senderos desconocidos. Ante ellos tornaré en luz las tinieblas, y lo escarpado en llano. Cumpliré mi palabra y no les abandonaré (Is 42, 18). Y de nuevo: Me hallaron los que no me buscaban, me presenté ante los que no preguntaban por mí (Is 65, 1). De qué modo se ha cumplido todo esto, nos lo enseña el Apóstol Juan: Sabemos que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos la Verdad, y permanecemos en la Verdad, que es su Hijo (1 Jn 5, 20). Y también: Amemos a Dios, porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 19).


    Dios, cuando nos ama, nos restituye a su imagen, y para hallar en nosotros la figura de su bondad, nos concede que podamos obrar como Él obra, iluminando nuestras inteligencias e inflamando nuestros corazones, de modo que no sólo le amemos a Él, sino también a todo cuanto Él ama. Pues si entre los hombres se da una fuerte amistad cuando les une la semejanza de costumbres, ¡cuánto más deberemos desear y esforzarnos por no discrepar de aquellas cosas que Dios ama! Pues ya dijo el Profeta: Porque la vida está en su voluntad (Sal 29, 6), ya que en nosotros no estará de ningún modo la majestad divina, si no procuramos imitar en todo la voluntad de Dios. Dice el Señor: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma (...) Amarás al prójimo como a ti mismo (Mt 12, 37-39).

    Así pues, reciba el alma fiel la caridad maravillosa de su Autor, y sométase toda a su voluntad amando en todo a los hermanos, porque en las obras y juicios de Dios nada hay vacío de verdad y de justicia, de compasión y de clemencia (...). Ejercitemos constantemente la oración, por la que buscamos el amor de Dios, la humildad por la que apagamos la concupiscencia de la carne, y la caridad por la que se perdonan los pecados. De este modo, se irá restaurando en nosotros la imagen de Dios si estamos siempre preparados para tratar a Dios como un verdadero Padre, si somos perseverantes en nuestra purificación interior y si de continuo procuramos el bien de nuestro prójimo. Esta triple observancia sintetiza los afectos de todas las virtudes, nos hace llegar a la imagen y semejanza de Dios y nos une inseparablemente al Espíritu Santo. Así es: en las oraciones permanece la fe recta; en la humildad, la vida inocente, y en la caridad, nuestra benignidad.

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