Episodi

  • Mario Benedetti: La vieja inocencia
    Feb 21 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Mozart_Piano Concerto 23_Adagio Youtube.com Querida Isabel: Me decidí a escribirte porque estamos viejos (al menos yo lo estoy), solos, y con un océano de por medio. Un océano que también es de sucesos, guerras y paces, frustraciones, quereres y desquereres, urgencias y tardanzas. Te escribo porque ahora, aislado y medio tullido, tengo tiempo de sobra para recorrer parsimoniosamente mi currículum, no el que solemos redactar para entrevistadores y universidades, sino el otro, el verdadero. Por suerte, he ganado con mi trabajo lo suficiente como para tener un apartamento cómodo y bastante amplio, con estantes llenos de libros que ya no puedo leer, y paredes con varios de los muchos cuadros que dejó mi mujer, pertinaz en su oficio/arte hasta sólo unos meses antes de morir. Son muestras de una técnica correcta, impecable, con imágenes que trasmiten sosiego y se solazan con la veracidad de sus colores. Nunca tuve el valor de confesarle que su pintura no me interesaba y tengo la impresión de que ella (que no era nada tonta) supo captarlo con resignación. Creo, además, que no tuvo el coraje de decirme que mis sesudos ensayos filosóficos la dejaban indiferente. Pero gracias a ese intercambio de discreciones, convivimos y nos quisimos; moderadamente, es cierto, pero nos quisimos. Y no te oculto que su muerte significó para mí, no una catástrofe, pero sí una deshilachada tristeza. Tuvimos dos hijos que hace diez años se afincaron en Australia, donde fundaron una empresa (en Sidney) y les va bien, o al menos todo lo bien que les puede ir a dos expatriados voluntarios. Allí se casaron, el mayor con una australiana y el menor con una chilena. Me escriben dos o tres veces por año (para mi cumpleaños, para Navidad), pero no volvieron al país, ni siquiera de visita. No se los reprocho: la distancia es enorme y los pasajes cuestan una fortuna. De ellos tengo tres nietos, pero sólo los conozco en fotografías. Parecen lindos y saludables. A lo largo de tantos años vos y yo hemos vivido recíprocamente ausentes. Ahora voy a cumplir 84 y vos debés andar por los 82 ¿no? ¿Te sentís bien? Sé que tenés una hija y que tampoco está contigo, aunque reside y enseña en Liverpool, de modo que no la tenés tan lejos y me imagino que de vez en cuando atravesará el Canal de la Mancha (sobre todo ahora que hay ferrocarril) para ir a verte. Te preguntarás cómo es que tengo tantos datos sobre vos. Los he ido obteniendo, al compás de los años, gracias a un amigo argentino, Edelberto Ruiz, al que seguramente conocés, ya que al fallecimiento de tu marido quedó como albacea. Fue él quien me proporcionó tu dirección y hasta tu e-mail, pero no me entiendo con esas maquinarias, así que he optado por el calmoso ritmo del correo, y ni siquiera le pondré al sobre la etiqueta autoadhesiva de urgente, en la convicción de que a nuestras edades ya no hay urgencias. En realidad, resolví escribirte, después de mucho repasar mi camino, porque llegué a la conclusión de que te debo el momento más feliz y recordable de ese itinerario. Acaso vos también te acuerdes (ojalá), pero por las dudas te transcribiré lo que todavía es capaz de dictarme mi memoria, en cuyas repentinas lagunas es donde se nota especialmente mi edad vetusta (más que en el uso de mi bastón o en el moderado alerta prostático). Por suerte vos te has salvado (hasta ahora al menos) de los caprichos de mi olvido. Tendrías catorce años. Te recuerdo con toda nitidez, en la misa de los domingos, sentada siempre en la misma fila, nunca de rodillas, como ordenaba el cura, junto a tu madre que sí se hincaba. El pelo castaño te caía sobre los hombros. Yo me situaba (tampoco me arrodillaba) dos hileras atrás. A veces, aprovechando que tu madre rezaba con los ojos cerrados, te volvías y nos mirábamos y nos sonreíamos. Como dos tontos de época. Sólo después de tres o cuatro semanas de ese juego inútil, una tarde, a la hora de la siesta, nos encontramos al borde de un camino vecinal. No había nadie a la vista y todo surgió espontáneamente. Mi primer saludo fue abrazarte y la primera respuesta tuya fue abrazarme. Sin decir una sola palabra, nos besamos y besamos interminablemente, y como el bosquecito de pinos quedaba tan al alcance, sin ponernos previamente de acuerdo corrimos hacia allí. Además de los pinos había un espeso follaje. Ahí, sobre las hojas, nos estrenamos sexualmente, vírgenes y torpes pero encantados con nosotros mismos. ¿Te acordás ahora? ¿Qué pasó después? ¿Por qué no te volví a ver ni en la capilla ni en el camino vecinal ni en el bosquecito, sitios que fui recorriendo como si fueran una cadena de santuarios? Alguien me dijo que, precisamente el día siguiente a nuestro encuentro, te habías ido con tus padres. ¿Adónde? Nadie tenía noticias. ¿Acaso lo sabías cuando nos amamos? ¿Fue para no desperdiciar la única ocasión de que disponías? ¿O tus padres,...
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    8 min
  • José María Arguedas: El joven que subió al cielo
    Feb 16 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Bach Cello Suite 1 in G Youtube.com Había una vez un matrimonio que tenía un solo hijo. El hombre sembró la más hermosa papa en una tierra que estaba lejos de la casa que habitaban. En esas tierras la papa crecía lozana. Sólo él poseía esa excelsa clase de semilla. Empero, todas las noches, los ladrones arrancaban las matas de este sembrado, y robaban los hermosos frutos. Entonces el padre y la madre llamaron a su joven hijo, y le dijeron: -No es posible que teniendo un hijo joven y fuerte como tú, los ladrones se lleven todas nuestras papas. Anda a vigilar nuestro campo. Duerme junto a la chácara y ataja a los ladrones. El joven marchó a cuidar el sembrado. Y pasaron tres noches. La primera, el joven la pasó despierto, mirando las papas, sin dormir. Sólo al rayar la aurora le venció el sueño, y se quedó dormido. Fue en ese instante en que los ladrones entraron a la chácara, y escarbaron las papas. En vista de su fracaso, el mozo tuvo que ir a la casa de sus padres a contarles lo sucedido. Al oír el relato sus padres le contestaron: -Por esta vez te perdonamos. Vuelve y vigila mejor. Regresó el joven. Estuvo vigilando el sembrado con los ojos bien abiertos. Y justo, a la medianoche, pestañeó un instante. En ese instante los ladrones ingresaron al campo. Despertó el mozo y vigiló hasta la mañana. No vio ningún ladrón. Pero al amanecer tuvo que ir a la casa de sus padres a darles cuenta del nuevo robo. Y les dijo: -A pesar de que estuve vigilante toda la noche, los ladrones me burlaron tan sólo en el instante en que a la medianoche cerré los ojos. Al oír este relato los padres le contestaron: -¡Ajá! ¿Quién ha de creer que robaron cuando tú estabas mirando? Habrás ido a buscar mujeres, te habrás ido a divertir. Diciendo esto lo apalearon y le insultaron largo rato. Así, muy aporreado, al día siguiente, lo enviaron nuevamente a la chacra. -Ahora comprenderás cómo queremos que vigiles -le dijeron. El joven volvió a la tarea. Desde el instante en que llegó a la orilla del sembrado estuvo mirando el campo, inmóvil y atento. Esa noche la luna era brillante. Hasta la alborada estuvo contemplando los contornos del papal; así, mientras veía, le temblaron los ojos, y se adormiló unos instantes. En esa ráfaga de sueño que tuvo, mientras pestañeaba el mozo, una multitud de hermosísimas jóvenes, princesas y niñas blancas poblaron el sembrado. Sus rostros eran como flores, sus cabelleras brillaban como el oro; eran mujeres vestidas de plata. Todas juntas, muy de prisa, se dedicaron a escarbar las papas. Tomando la apariencia de princesas eran estrellas, que bajaron del altísimo cielo. El joven despertó entonces, y al contemplar la chácara exclamó: -¡Oh! ¿De qué manera podría yo apoderarme de tan bellísimas niñas? ¿Y, cómo es posible que siendo tan hermosas y radiantes puedan dedicarse a tan bajo menester? Pero, mientras esto decía, su corazón casi estallaba de amor. Y pensó para sí. -¿No podría, por ventura, reservar para mí siquiera una parejita de esas beldades? Y saltó a todo vuelo sobre las hermosas ladronas. Sólo en el último instante, y a duras penas, pudo apresar a una de ellas. Las demás se elevaron al cielo, como luces que se mueren. Y a la estrella que pudo apresar le dijo, enojado: -¿Con que erais vosotras las que robabais los sembrados de mi padre? -Diciéndole esto la llevó a la choza. Y no le dijo más acerca del robo. Pero luego agregó: -¡Quédate conmigo; serás mi esposa! La joven no aceptó. Estaba llena de temor y rogó al muchacho: -¡Suéltame, suéltame! ¡Ten piedad! Mira que mis hermanos le avisarán a mis padres. Yo te devolveré todas las papas que te hemos robado. No me obligues a vivir en la tierra. El mozo no dio oídos a los ruegos de la hermosa niña. La retuvo en sus manos. Pero decidió no volver a la casa de sus padres. Se quedó con la estrella en la choza que había junto al sembrado. Entre tanto, los padres pensaban: “Le habrán vuelto a robar las papas a ese inútil; no pueden haber otros motivos para que no se presente aquí.” Y como tardaba, la madre decidió llevarle comida al campo, y averiguar de él. Desde la choza, el muchacho y la niña atisbaban el camino. En cuanto vieron a la madre, la joven dijo al mozo: -De ninguna manera puedes mostrarme, ni a tu padre ni a tu madre. Entonces el joven corrió a dar alcance a su madre, y le gritó desde lejos: -¡No, mamá; no te acerques más! ¡Espérame atrás, atrás! Y recibiendo la comida en aquel lugar, tras la choza, llevó los alimentos a la princesa. La madre se volvió apenas hubo entregado el fiambre. Cuando llegó a su casa, contó a su esposo: -Así es como nuestro hijo ha aprisionado a una ladrona de papas que bajó de los cielos. Es así como la cuida en la choza. Y con ella dice que se casará. No permite que nadie se aproxime a su choza. Entre tanto el joven pretendía engañar a la doncella. Y le...
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    18 min
  • Guadalupe Dueñas: Historia de Mariquita
    Feb 9 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Boccherini_Menuetto Youtube.com Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí dormíamos siete. Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquel sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama. Como explico, lo importante era descubrir el lugar de Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero. Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban. Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa. Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia. Su pasado es corto, y muy triste: llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquel cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir. Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba. Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo. Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece. Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa, y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita. Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón Ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés. Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo mármol al desahuciado cemento de la pila, que no quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial. La casa se veía muy alegre; pero así y todo ...
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    8 min
  • Gioconda Belli: Desafío a la vejez
    Feb 2 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Paganini_Capriccio14 Youtube.com Cuando yo llegue a vieja -si es que llego- y me mire al espejo y me cuente las arrugas como una delicada orografía de distendida piel. Cuando pueda contar las marcas que han dejado las lágrimas y las preocupaciones, y ya mi cuerpo responda despacio a mis deseos, cuando vea mi vida envuelta en venas azules, en profundas ojeras, y suelte blanca mi cabellera para dormirme temprano -como corresponde- cuando vengan mis nietos a sentarse sobre mis rodillas enmohecidas por el paso de muchos inviernos, sé que todavía mi corazón estará -rebelde- tictaqueando y las dudas y los anchos horizontes también saludarán mis mañanas".
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    1 min
  • Eduardo Galeano La creación
    Jan 27 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Scarlatti-Sonata L366 Youtube.com La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando. Dios los soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio. Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento. La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro de huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando, los creaba y cantando decía: – Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.
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    2 min
  • Adela Fernández: La jaula de la tía Enedina
    Jan 23 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Barber_Adagio for Strings Youtube.com Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda; en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre; así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a mi tía. Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas. Entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina. Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro, le regaló una enorme jaula de latón para que en su vejez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo. Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben haber sido así. Tía Enedina, vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo. La verdad, a mí me da mucha lástima mi tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto… ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta de que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas. A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo esto a cambio de un canario que, por más empeño que puse, no podía regalarle. Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos se encarnaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara. Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero. Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto, a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta, ríe, mueve negativamente su cabeza. Parece no desear más que tener un pájaro; sin embargo, insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla. Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que ...
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  • Emilia Pardo Bazán: Delincuente honrado
    Jan 19 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Chopin Mariage d' Amour Youtube.com De todos los reos de muerte que he asistido en sus últimos instantes —nos dijo el padre Téllez, que aquel día estaba animado y verboso— el que me infundió mayor lástima fue un zapatero de viejo, asesino de su hija única. El crimen era horrible. El tal zapatero, después de haber tenido a la pobre muchacha rigurosamente encerrada entre cuatro paredes; después de reprenderla por asomarse a la ventana; después de maltratarla, pegándola por leves descuidos, acabó llegándose una noche a su cama, y clavándola en la garganta el cuchillo de cortar suela. La pobrecilla parece que no tuvo tiempo ni de dar un grito, porque el golpe segó la carótida. Esos cuchillos son un arma atroz, y al padre no le tembló la mano; de modo que la muchacha pasó, sin transición, del sueño a la eternidad. La indignación de las comadres del barrio y de cuantos vieron el cadáver de una criatura preciosa de diez y siete años, tan alevosamente sacrificada, pesó sobre el jurado; y como el asesino no se defendía y parecía medio estúpido, le condenaron a la última pena. Cuando tuve que ejercer con él mi sagrado ministerio, a la verdad, temí encontrar, detrás de un rostro de fiera, un corazón de corcho, o unos sentimientos monstruosos y salvajes. Lo que vi fue un anciano de blanquísimos cabellos, cara demacrada y ojos enrojecidos, merced al continuo fluir de las lágrimas, que poco a poco se deslizaban por las mejillas consumidas, y a veces paraban en los labios temblones, donde el criminal, sin querer, las bebía y saboreaba su amargor. Lejos de hallarle rebelde a la divina palabra, apenas entré en su celda se abrazó a mis rodillas y me pidió que le escuchase en confesión, rogándome también que, después de cumplir el fallo de la justicia, hiciese públicas sus revelaciones en los periódicos, para que rehabilitasen su memoria y quedase su decoro como correspondía. No juzgué procedente acceder en este particular a sus deseos; pero hoy los invoco, y me autorizan para contarles a ustedes la historia. Procuraré recordar el mismo lenguaje de que él se sirvió, y no omitiré las repeticiones, que prueban el trastorno de su mísera cabeza: —Padre confesor —empezó por decir—, ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña… que maté… nació… al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también…, ¡ya lo creo!, preciosa, que daba gloria el mirarla. Yo tenía ya algunos añitos… y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene…, heredan otras cosas… Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero… ¡a caballero no me ha ganado nadie!” La madre…, yo me miraba en sus ojos, porque la quería de alma, según corresponde a un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo…, ¡porque eso es antes!, a diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina… No me remuerde la conciencia de haberle escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y a mí se me quitaban las penas de oírla. Lo malo fue que como la celebraron la voz y las coplas, y empezaron a remolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y este que encaja una pulla, y aquel que suelta un requiebro…, en fin, vi que se ponía aquello muy mal, y le dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que le gustaba el gentío y oír cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural y que no le rompiese la cabeza con sermones… De allí a un mes (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa, sin dar siquiera un beso a la niña…, que tenía sus cinco añitos y era como un sol. —Aquí —intercaló el padre Téllez— tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, a pesar de que la costumbre de asistir a los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di a beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió: —Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo… Y lo que más me barajaba los sesos (¡porque la honra trabaja mucho!) era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador: «No tienes vergüenza… Yo que tú, la mato.» De tanto oírlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán!, repetía en alto: «No tengo vergüenza… ¡Había que matarla!». Solo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron a América…, ¡qué sé yo adónde! ¡Si vive y lee los diarios y ve cómo murió su ...
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  • Vicente Aleixandre: Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla
    Jan 12 2026
    Voz: Manuel López Castilleja Música: Shostakovich Waltz 2 Youtube.com Se ven pobres mujeres que corren en las calles como bultos o espanto entre la niebla. Las casas contraídas, las casas rotas, salpicadas de sangre: las habitaciones donde un grito quedó temblando, donde la nada estalló de repente, polvo lívido de paredes flotantes, asoman su fantasma pasado por la muerte. Son las oscuras casas donde murieron niños. Miradlas. Como gajos se abrieron en la noche bajo la luz terrible. Niños dormían, blancos en su oscuro. Niños nacidos con rumor a vida. Niños o blandos cuerpos ofrecidos que, callados los vientos, descansaban. Las mujeres corrieron. Por las ventanas salpicó la sangre. ¿Quién vio, quién vio un bracito salir roto en la noche con la luz de sangre o estrella apuñalada? ¿Quién vio la sangre niña en mil gotas gritando: ¡crimen, crimen!, alzada hasta los cielos como un puñito inmenso, clamoroso? Rostros pequeños, las mejillas, los pechos, El inocente vientre que respira: La metralla los busca, la metralla, la súbita serpiente, muerte estrellada para su martirio. Ríos de niños muertos van buscando un destino final, un mundo alto. Bajo la luz de la luna se vieron las hediondas aves de la muerte: aviones, motores, buitres oscuros cuyo plumaje encierra la destrucción de la carne que late, la horrible muerte a pedazos que palpitan y esta voz de las víctimas, rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido. Todos la oímos. Los niños han gritado. Su voz está sonando. ¿No oís? Suena en lo oscuro. Suena en la luz. Suena en las calles. Todas las casas gritan. Pasáis, y de esa ventana rota sale un grito de muerte. Seguís. De ese hueco sin puerta sale una sangre y grita. Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados gritan, gritan. Son niños que murieron. Por la ciudad gritando, un río pasa: un río clamoroso de dolor que no acaba. No lo miréis: sentidlo. Pequeños corazones, pechos difuntos, caritas destrozadas. No los miréis: oídlos. Por la ciudad un río de dolor grita y convoca. Sube y sube y nos llama. La ciudad anegada se alza por los tejados y alza un brazo terrible. Un solo brazo. Mutilación heroica de la ciudad o su pecho. Un puño clamoroso, rojo de sangre libre, que la ciudad esgrime, iracunda y dispara
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