Hijo de mil hombres, de Valter Hugo Mae, es, principalmente, un libro sobre el sentido de pertenencia.
De pertenecer a un lugar, por desquiciado que sea. De formar parte de una comunidad que nos potencie, que nos agrande, que nos haga el doble, el triple de lo que somos. De ser parte de un grupo de personas con las que compartir tiempo, techo y pan, haga del tiempo más que apenas tiempo, haga de la casa un hogar… de la mesa, un lugar de comunión.
Por el título, Hijo de mil hombres, uno podría pensar que cuenta la historia de una persona que tiene muchos padres, pero en realidad, el libro no tiene un solo protagonista, son varios:
Tenemos a Crisóstomo, por ejemplo, un pescador parecido a Geppetto, que añoraba tener un hijo a quien cuidar. Tenemos Isaura, una mujer, que aún teniendo el nombre más lindo del mundo, vivía aislada de la belleza la vida sí puede ofrecer. Tenemos a Antonino y su madre, que sufrían todo tipo de angustias porque resulta que él era un ser especialmente emocional y sensible, que no podía evitar sentirse atraído por la fuerza bruta y viril de otros hombres.
Y tenemos a Camilo, un huérfano que va aprendiendo de los errores de unos y de los aciertos de otros. Y también tenemos a un viudo reciente, incapaz de prepararse un almuerzo, a una Rosinha enamorada, y a una enanita de sueños enormes.
Al principio las historias van apareciendo de forma independiente, como si cada una tuviera su cuento corto en capítulos separados, que en el desenlace del libro se van encontrando y reencontrando.
Lo que los une es la soledad, un cierto sentimiento de desconexión con su entorno, las ganas de querer saber qué es el amor, dónde se encuentra, quiénes son los seres felices de este mundo y cómo serlo también.
El libro a momentos puede sentirse extremadamente sentimental o sensible, como Antonino. Pero solo a momentos, principalmente cuando el narrador describe los purísimos sentimientos de Crisóstomo, que además es un tipo tan, pero tan bueno, que queda casi desprovisto de toda humanidad.
Pero también tiene episodios exquisitos, que disfruté muchísimo leer. Como cuando narra el desencanto de las viejas del pueblo con la enanita sin nombre, a la que consideraban una mujer de juguete, como de alasitas, cuando descubrieron que tenía una cama de dos plazas y media y que soñaba con un hombre de tamaño normal.
O el episodio del viejo recién enviudado, que con la ayuda de un vecino va a tocar la puerta de Rosinha, a la que no conoce, pero a la que pretende proponerle matrimonio inmediatamente. Un matrimonio por interés. Interés mutuo. Un intercambio, un trueque. Los cuidados de Rosinha a cambio de la herencia. El viejo le dejaría su casa, sus vastas tierras y todas sus posesiones, incluyendo una gallina extraordinaria, del tamaño de un avestruz, que apareció en su patio una noche de lluvia, y que desde entonces es admirada y querida por el viejo que la encontró, pero a la que Rosinha, sin embargo, solo piensa en cocinar.
Lo que más me gustó del libro, porque me pareció diferente, es que no es una historia de lucha resiliente y dura frente a lo difícil que puede ser la vida.
Al contrario, es una historia sobre la fortaleza que existe en la vulnerabilidad. No nos cuenta la historia de un héroe parecido a Teseo, que sale al mundo para batallar demonios y que encuentra el tesoro prometido tras decapitar a un temible dragón. No, antes bien, nos muestra la virtud de la espera, de la esperanza, de la belleza que se esconde en la posibilidad de que un pequeño cambio de perspectiva pueda ser suficiente, y definitivo, para cambiar el mundo, nuestro mundo.
Es un cambio que no proviene de la lucha, sino de la paz. No de la búsqueda, sino del encuentro. Viene de la aceptación, sin que esto signifique resignarse o rendirse.
Y puede que sea demasiado optimista, y puede que nos parezca irreal. Pero está bien, porque después de todo, la literatura no es tan solo espejo, crítica, y protesta, también puede ser refugio, protección, y consuelo.
Y eso es lo que nos propone Valter Hugo Mae. Agarrar este mundo de crueldades y envolverlo en la belleza del lenguaje, de la ternura, de la simplicidad, del amor. Acompañarnos, cuidarnos los unos a los otros, porque considerarnos hijos de mil padres, y padres de mil hijos ya podría hacer de este un mundo mejor.