• #37 Hijo de mil hombres - Valter Hugo Mãe
    Oct 19 2026

    Hijo de mil hombres, de Valter Hugo Mae, es, principalmente, un libro sobre el sentido de pertenencia.


    De pertenecer a un lugar, por desquiciado que sea. De formar parte de una comunidad que nos potencie, que nos agrande, que nos haga el doble, el triple de lo que somos. De ser parte de un grupo de personas con las que compartir tiempo, techo y pan, haga del tiempo más que apenas tiempo, haga de la casa un hogar… de la mesa, un lugar de comunión.


    Por el título, Hijo de mil hombres, uno podría pensar que cuenta la historia de una persona que tiene muchos padres, pero en realidad, el libro no tiene un solo protagonista, son varios:


    Tenemos a Crisóstomo, por ejemplo, un pescador parecido a Geppetto, que añoraba tener un hijo a quien cuidar. Tenemos Isaura, una mujer, que aún teniendo el nombre más lindo del mundo, vivía aislada de la belleza la vida sí puede ofrecer. Tenemos a Antonino y su madre, que sufrían todo tipo de angustias porque resulta que él era un ser especialmente emocional y sensible, que no podía evitar sentirse atraído por la fuerza bruta y viril de otros hombres.

    Y tenemos a Camilo, un huérfano que va aprendiendo de los errores de unos y de los aciertos de otros. Y también tenemos a un viudo reciente, incapaz de prepararse un almuerzo, a una Rosinha enamorada, y a una enanita de sueños enormes.


    Al principio las historias van apareciendo de forma independiente, como si cada una tuviera su cuento corto en capítulos separados, que en el desenlace del libro se van encontrando y reencontrando.


    Lo que los une es la soledad, un cierto sentimiento de desconexión con su entorno, las ganas de querer saber qué es el amor, dónde se encuentra, quiénes son los seres felices de este mundo y cómo serlo también.


    El libro a momentos puede sentirse extremadamente sentimental o sensible, como Antonino. Pero solo a momentos, principalmente cuando el narrador describe los purísimos sentimientos de Crisóstomo, que además es un tipo tan, pero tan bueno, que queda casi desprovisto de toda humanidad.


    Pero también tiene episodios exquisitos, que disfruté muchísimo leer. Como cuando narra el desencanto de las viejas del pueblo con la enanita sin nombre, a la que consideraban una mujer de juguete, como de alasitas, cuando descubrieron que tenía una cama de dos plazas y media y que soñaba con un hombre de tamaño normal.


    O el episodio del viejo recién enviudado, que con la ayuda de un vecino va a tocar la puerta de Rosinha, a la que no conoce, pero a la que pretende proponerle matrimonio inmediatamente. Un matrimonio por interés. Interés mutuo. Un intercambio, un trueque. Los cuidados de Rosinha a cambio de la herencia. El viejo le dejaría su casa, sus vastas tierras y todas sus posesiones, incluyendo una gallina extraordinaria, del tamaño de un avestruz, que apareció en su patio una noche de lluvia, y que desde entonces es admirada y querida por el viejo que la encontró, pero a la que Rosinha, sin embargo, solo piensa en cocinar.


    Lo que más me gustó del libro, porque me pareció diferente, es que no es una historia de lucha resiliente y dura frente a lo difícil que puede ser la vida.


    Al contrario, es una historia sobre la fortaleza que existe en la vulnerabilidad. No nos cuenta la historia de un héroe parecido a Teseo, que sale al mundo para batallar demonios y que encuentra el tesoro prometido tras decapitar a un temible dragón. No, antes bien, nos muestra la virtud de la espera, de la esperanza, de la belleza que se esconde en la posibilidad de que un pequeño cambio de perspectiva pueda ser suficiente, y definitivo, para cambiar el mundo, nuestro mundo.


    Es un cambio que no proviene de la lucha, sino de la paz. No de la búsqueda, sino del encuentro. Viene de la aceptación, sin que esto signifique resignarse o rendirse.

    Y puede que sea demasiado optimista, y puede que nos parezca irreal. Pero está bien, porque después de todo, la literatura no es tan solo espejo, crítica, y protesta, también puede ser refugio, protección, y consuelo.


    Y eso es lo que nos propone Valter Hugo Mae. Agarrar este mundo de crueldades y envolverlo en la belleza del lenguaje, de la ternura, de la simplicidad, del amor. Acompañarnos, cuidarnos los unos a los otros, porque considerarnos hijos de mil padres, y padres de mil hijos ya podría hacer de este un mundo mejor.



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  • #36 La palabra del mudo - Julio Ribeyro
    Sep 3 2026
    En cada uno de nosotros existe un rincón interior en el que quedan apiladas anécdotas y recuerdos que nos impresionaron, que nos conmovieron, que nos dieron rabia, que nos hicieron o reír o llorar, y que, de tanto en tanto, reaparecen en nuestra memoria para recordarnos de qué se trata la vida.Una parte de esa compilación son recuerdos de cosas vividas por nosotros mismos; pero otra parte no. Son cosas que hemos leído, o el chisme de un vecino, o la anécdota de un amigo, la aventura de un tío, los recuerdos de la abuela. Sus historias se vuelven nuestras, y nosotros las volvemos a contar para compartir las emociones o visiones que causaron.Y otras veces ni siquiera son historias, sino simplemente un olor, un sabor, una melodía. La materia prima de sueños y pesadillas.Y es así como funcionan los cuentos de Julio Ramón Ribeyro; quizás por eso es que se sientan tan íntimos y tan propios: porque son como un episodio de esos que llevamos guardados dentro.Sus personajes se sienten familiares y cercanos; uno conecta con ellos en el acto: el viejo cruel que maltrata a sus nietos para alimentar el hambre voraz de un puerco que se llama Pascual, el colchonero que sería capaz de vender a su hija por dos pesos, el amigo que se muere de envidia por la mujer del otro, el logiero que se pasa la vida sin saber por qué hace lo que hace, el borrachín que no trabaja porque estudió para gerente… Todos nos recuerdan a algún familiar, a algún conocido o a alguna de las tantas personas que fuimos una vez.Así, en su antología La palabra del mudo, hay diferentes tipos de cuentos. Unos divertidos, como el cuento de la chicha valiosísima que guardaba una familia desde hace años, esperando la ocasión especial para compartirla, y que un día, por necesidad adolescente, el hijo quiere vender para generar flujo de caja, y que por cosas de la vida, en vez de degustada, termina orinada por un perro.Otros son curiosos, como el cuento de un artista que, obsesionado con la idea de que para cada uno de nosotros existe por lo menos una persona exactamente igual en este mundo, se lanza en una viaje de búsqueda que fracasa con todo éxito, pero en el que, sin embargo, encuentra el espejismo del amor, y que, al volver a casa, descubre que ha sido suplantado.Tiene cuentos sublevantes también, como «Al pier del acantilado», que narra la historia de don Leandro y sus dos hijos, que, como tanta gente, son empujados a las afueras de las afueras mientras buscan cómo hacerle para subsistir. Este cuento tiene la apertura más linda de todas, en la que Don Leandro, que hace de narrador, se compara con la higuerilla: una planta resiliente que lo aguanta todo, pero a la que también se la considera una maleza, una hierba mala e invasora.Escuchen cómo comienza:«Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla cómo crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares. Ella no pide favores a nadie; pide tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. No le dan tregua el sol ni la sal de los vientos del mar, la pisan los hombres y los tractores, pero la higuerilla sigue creciendo, propagándose, alimentándose de piedras y de basura. Por eso digo que somos como la higuerilla nosotros, la gente del pueblo.»¿Bonito, no?Escribe con una ternura sutil, con mesura, tanto en el humor como en las desgracias que a veces nos muestra; como si el narrador se preocupara hasta por el más desalmado de sus personajes, con cierto respeto por la vida, que se pinta venerable e incomprensible, que a su vez es ilusión y desencanto, bella fantasía y triste realidad, que tan pronto nos da como nos quita.Es esa sutilidad y mesura, esa dignidad que cobra la vida incluso en sus más duros desencantos, lo que más me gusta de los cuentos de Julio Ribeyro.Uno de los cuentos que más me gustó se llama «El profesor suplente».El cuento empieza cuando un político/profesor irrumpe de pronto en la casa de un matrimonio que ocupaba las últimas horas de la tarde ejerciendo el placer universal de quejarse, que motivos nunca faltan.El tipo que entra inmediatamente me hace acuerdo al meritísimo juez Siqueira, lumbrera del saber y mentor del pícaro poeta que narra la historia de mi querido capitán de ultramar.Entra entonces el meritísimo juez en su versión limeña: entra feliz de la vida y, antes de que nadie pueda hablar, anuncia que se tiene que ir ya mismo de viaje, quién sabe, tal vez a perderse en la dorada piel de la disimulada Dondoca, lo que explicaría su estado de exaltación.Antes de que le puedan responder, le dice al dueño de casa que por fin había llegado su oportunidad, que tiene que suplantarlo en las clases del colegio durante su ausencia, que un hombre de su calidad no puede ser un simple cobrador, que este puede ser el inicio de una brillante carrera, que él siempre supo que en ...
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  • #35 Temporada de huracanes - Fernanda Melchor
    Jul 26 2026

    La verdad es que después de leer La cabeza del santo, me dieron ganas de leer otro libro escrito por una mujer.

    Primero busqué entre los clásicos y me decidí por El cuento de la criada, pero confieso que no me gustó. No me gustó en el mismo sentido en que no me gustó 1984, por ejemplo. Son libros que me gusta haberlos leído, como para poder conversar, como por cultura general; pero que no disfruté el proceso de leerlos, como historia, como literatura, como novela.

    Entonces me acordé de que Tanja me había recomendado Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, y resultó ser de lo mejor que he leído últimamente.

    El libro empieza con un tipo de introducción que se siente cinematográfica, en la que unos niños, jugando en medio de los canales de riego de un ingenio, descubren un cuerpo humano degollado y en descomposición.

    A partir de ahí, el libro narra, desde diferentes perspectivas, las historias de las personas y circunstancias que rodean esta muerte brutal.

    El relato avanza a un ritmo febril, incómodo pero hipnótico. Con frases larguísimas que parecen abarcar el capítulo entero; con un abuso magistral de las “y”, y de los “que”, para unir una cosa con la otra, para ir regulando la historia, que se siente como un cuento oral, que va saliendo como un torrente, y que no deja de salir, con cierto sentido de urgencia, de nota roja, o hasta de chisme. Como si alguien te la estuviera contando después de almuerzo, en la cocina, o en el banco de alguna plaza colonial, la que antiguamente pudo estar poblada de frondosos árboles, con nombres que se han ido olvidando y perdiendo, y en la que ahora, desnuda e indefensa, rebota y revienta un olor a orines y el calor del sol.

    Ese ritmo frenético está muy bien logrado, la historia te succiona y no se puede dejar de leer.

    Otra de las grandes virtudes de la novela es que logra tocar temas muy delicados sin que se convierta en un sermón. Habla sobre el machismo, sobre el aborto, sobre la pobreza, las drogas, la violencia, etc. y lo hace sin que uno se sienta como en un aula magistral en la que intentan explicarte como funciona el mundo y por qué todas las desgracias que les suceden a los personajes son culpa del gobierno, o del patriarcado, o del capitalismo salvaje o de cualquier otro enemigo de poderes invencibles y de presencia omnipresente.

    En temporada de huracanes los personajes son complejos, se sienten reales, se sienten de verdad. No se sienten como figuras caricaturescas y panfletarias que simplemente existen para probar un punto ya resuelto de antemano por el autor.

    La bruja, por ejemplo, es víctima de las habladurías y hasta del desprecio del pueblo. Pero al mismo tiempo tiene una relación de complicidad con las mujeres que la visitan a escondidas: la bruja las ayuda y las escucha cuando nadie más está dispuesto a hacerlo. Y sin embargo, la Bruja está lejos de ser la típica pobre víctima inocente. Al parecer, intercambia favores sexuales con los adolescentes a cambio de droga y dinero. En el tiempo presente de la narración la Bruja tiene 45 años, y los chicos que la visitan todavía van a la escuela. Luismi tiene 18 y se sobreentiende que ya hace un tiempo que tienen una historia. Y para aumentar las contradicciones todavía más, esos chicos son los mismos que después la roban y ultrajan.

    La relaciones e interrelaciones entre estos personajes y sus circunstancias son complejas, como la vida, y el narrador no los juzga o los utiliza para demostrar un punto. Simplemente nos cuenta sus historias, sus miserias, sus pequeños sueños.

    En resumen, Temporada de huracanes no se siente como si nos intenten embutir respuestas prefabricadas, sino generar reflexión al problematizar un tema. Fernanda Melchor, de manera inteligente te va mostrando lo que te quiere mostrar, para que uno mismo se pueda preguntar:

    ¿Por qué la abuela de Yesenia maltrata a sus hijas y nietas mientras adula a su hijo y a su nieto? ¿Por qué Brandon siente tanto pánico de ser considerado poco hombre por sus amigos? ¿Por qué tantos niños crecen sin padre? ¿Por qué las chicas tienen que recurrir al burdel? ¿De dónde sale tanta miseria ? ¿Y qué es la maldad? ¿Y qué hacer?¿Y por qué Norma se siente culpable? ¿Y por qué tienen que pasar estas cosas? ¿Y dónde está la familia tradicional como red de apoyo y seguridad? ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde está Dios?¿Y por qué la vida, cuya belleza hemos defendido tanto, se vuelve de pronto un laberinto de terror, del que no se puede ni salir ni escapar?




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  • #34 La cabeza del santo - Socorro Acioli
    Jun 4 2026

    Hace algunas semanas terminé de leer La cabeza del santo, el primer libro de Socorro Acioli.

    La primera hoja del libro es una de esas impactantes páginas en blanco que sirven de adorno a alguna poderosa frase prestada de alguien más. En este caso, es una cita de Pedro Páramo, que funciona como recuerdo y como aviso.

    En la siguiente hoja comienza la historia de Samuel, que, al igual que Juan Preciado, emprende un viaje hacia un pobre pueblo en ruinas, en busca de un padre perdido al que no conoce ni quiere conocer.

    El camino a pie hasta Candeia es duro, y el paisaje semidesértico del sertão cearense no parece tan diferente al de Comala.

    Como yo nunca he estado personalmente, ni cerca de Jalisco ni de Juazeiro del Norte, cuando leo sobre este tipo de paisaje —que no deja de ser un protagonista omnipresente en estas historias—, recuerdo los áridos terrenos de los alrededores de Pucará, o a las solitarias piedras entre Llallagua y Siglo XX.

    Después de una larga travesía, cuando Samuel llega mendigando a Candeia, encuentra una tremenda estatua de San Antonio de Padua, solo que está decapitada: el cuerpo gigante está arriba de una montaña y la enorme cabeza de concreto está abajo. A falta de un lugar mejor, Samuel se resguarda de las inclemencias del tiempo dentro de la cabeza; pero de madrugada lo despiertan media docena de voces que le rezan al santo. Resulta que dentro de la cabeza, Samuel, y solo Samuel, es capaz de escuchar los rezos que le hacen en los alrededores al santo casamentero.

    Dada su triste condición de mendigo, Samuel decide usar su nuevo talento para lucrar y hacer negocio con las solteronas del pueblo. Este es el motor de su simpática historia, en la que también vamos conociendo las venturas y desventuras del pueblo de Candeia y su gente.

    Lo más increíble es que la estatua decapitada de verdad existe, y estuvo sin cabeza durante décadas, hasta que la historia del libro se hizo viral y generó presión suficiente para que, después de 39 años de acefalía, finalmente le construyeran una nueva cabeza al pobre santo.

    La cabeza original, la que hizo de casa y refugio para Samuel en sus tiempos de mendigo, todavía sigue a los pies del santo y ahora sirve como museo y destino turístico para los mochileros literarios.


    Socorro Acioli nos muestra la pobreza, la opresión, el abuso, que forman parte de la realidad del sertao brasilero, pero también su encanto, su resiliencia frente a la adversidad, su valentía a la hora de soñar y de mantener viva la esperanza. Y tiene la capacidad de hacerlo hasta en una sola frase, como cuando dice “que era todo tan lindo que apenas cabía en sus pequeños sueños, tuvo que aprender a soñar más”.

    Así fue que en Candeia pude ver que, a diferencia de los abandonados pueblos mineros, o del purgatorio sofocante de Comala, donde las personas parecen confundirse con el paisaje: en sus silencios, en sus inescrutables miradas lentas, en su solemne carga del pasado que va marcando su caminar sin tiempo; en el sertão de Acioli las personas, en lugar de mimetizarse, hacen un contraste frente al paisaje: son abiertamente chismosas, expresivas con desconocidos y extraños, y en lugar de cargar gravemente con las tragedias del pasado, se ríen tanto de ellas como de sí mismas.

    Tal vez por eso el libro se siente leve, ligero, como una brisa por dentro, que se agradece porque hace falta, porque qué sería de la vida sin poder conversar, de vez en cuando, con algún embustero, algún saca suerte, algún encantador de serpientes, de nombre Eligio, Vasco, o Gabriel.




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  • #33 La Odisea - Homero
    May 14 2026
    No me dieron los dioses el talento del canto que hechiza las almas, ni la visión del poeta que encuadra palabras. Mas quiera la Musa, hoy día, poder ayudarme, pues deseo hablar de la historia del pacientísimo Ulises, destructor de ciudades.Hay algo que siempre me maravilló de los mitos y las leyendas:La idea de lo eterno; lo continuo. De lo que, frente a lo que cambia, queda. Pues, similar a los inmortales que habitan el éter divino, el mar de anchos caminos, o el sombrío país de los sueños, parecen haber patrones en la experiencia humana que, aunque se transforman, perduran a través del tiempo.La Ilíada y La Odisea funcionan, en parte, porque logran conectar con esas disposiciones recurrentes. Y en ese algo que persiste se esconde un sutil tipo de magia que, me parece a mí, es de los más bravos encantamientos del arte.Los milenios pasan; las estructuras sociales cambian; nacen nuevos idiomas y culturas. Cambia el ritmo con el que las personas viven y entienden la vida; y cambian las maneras en que se considera correcto vivir. Sin embargo, a pesar de todo eso, hay historias que no sólo sobreviven, sino que continúan vivas. Se siguen contando e interpretando, a las luces y sombras de los efímeros días que a cada uno le toca vivir.Yo me imagino a innúmeras personas narrando, bajo el cielo poblado de estrellas, el dilema de Aquiles, el de pies ligeros: elegir entre una vida larga, tranquila y olvidable, y una existencia corta que le dé gloria eterna. Imagino a madres de madres contando a sus hijos las astucias de Ulises, el de heroica paciencia: cómo engaña a los cíclopes; cómo se las ingenia para oír, sin perderse, el canto de las hermosas sirenas, que hechizan a todos los hombres; y cómo navega, en su oscuro navío, hasta el mismísimo límite del mundo; hasta aquel tenebroso país que permanece sumergido entre la bruma y la niebla, y por el que jamás han aparecido los brillantes rayos del sol.Recuerdo a mi padre hablándome de los aqueos, de hermosas grebas, en feroz y épico combate con los troyanos altivos, mientras los dioses escogían a sus preferidos entre los pobres mortales. E incluso hoy, antes de encontrarse con el Sueño, soberano de todos los dioses y todos los hombres, Aurelio, mi hijo querido, se maravilla escuchándome repetir las aladas palabras de Homero.Ahora bien: ¿cuáles serían esas fuerzas atemporales que encontramos en la Odisea?La Odisea es, principalmente, una historia sobre el regreso: la larga y difícil restitución de un orden perdido.Ese impulso por volver —que guía a Ulises por mares inciertos y tierras extrañas; que lo hace continuar, incluso cuando fuerzas terribles lo amenazan de muerte, u otras, igual o más terribles aún, lo seducen con los placeres del cuerpo y del olvido—, ese impulso por volver, decía, es una de las fuerzas más persistentes en la experiencia humana.Ulises no sólo quiere sobrevivir, quiere volver a casa, quiere volver a ser el padre de Telémaco, el esposo de Penélope, el Rey de Ítaca. Lo paradójico es que para poder volver tiene que cambiar, tiene que mentir, disimular, transformarse. No puede seguir siendo el mismo después de ver morir a sus amigos, de convivir con dioses y monstruos, de pasar por el mismísimo infierno con tal de volver. Ítaca tampoco puede ser la misma de cuando él partió. Telémaco ya creció sin padre, Penélope ya envejeció en soledad, su casa fue tomada por otros hombres y su madre ya falleció en la tristeza de no verlo volver.Y lo comprendemos.Porque nadie vuelve igual de la guerra.Ni del amor.Ni de la enfermedad.Ni de la pérdida.Ni siquiera del paso del tiempo.Lo comprendemos.Por la increíble nostalgia que nos provoca reconocer que en realidad no es posible volver.Sin embargo, no dejamos de añorar un país, un barrio, una casa, un amor, una época, una versión de nosotros mismos.Al final Ulises vuelve, pero no él es el mismo Ulises que se fue, ni su hogar es el mismo reino que dejó.Entonces, ¿qué significa volver?El regreso no es a un lugar físico, no es a Ítaca, a Macondo, o a Comala, sino aquello que le da forma y sentido a la vida.Volver no significa recuperar un pasado intacto, sino reconstruir una continuidad después del cambio y la transformación.Quién sabe, hoy por hoy, para mí, volver puede significar, animarse a colgar hamacas del horcón, a guardar aquel cajón de las maletas hechas, o aprender a hacer café. Para terminar quisiera decir que la Odisea es la madre y padre de todos los cuentos de aventuras occidentales, está llena de poesía que nos enaltece por dentro. De escenas de acción que no dejan de provocar asombro, y de conmovedores momentos que ahora me acompañaran por siempre.Ojalá mañana, cuando te despierte la Aurora de dedos de rosa, te acompañen a vos también.
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  • #32 Dune - Frank Herbert
    Jan 13 2026
    DuneLos libros son como pequeños artefactos mágicos.Hay libros que nos hechizan con lo bellas que son sus palabras, otros, con la ternura que despiertan o con el tormento que provocan. Están los libros que nos atrapan con el suspenso y esa ansiedad incontrolable que nos hace querer descubrir uno a uno los velos del misterio.Están también los que nos fascinan. Nós encantan con la promesa de los secretos de este mundo: de la sociedad, de la naturaleza, del espíritu. Nos cuentan las fatídicas historias de las raíces de la historia. Nos hablan de orígenes, de cosas perdidas, del bien y del mal.Son los que nos maravillan con la ilusión del saber.Hay otros, cuyos personajes nos ayudan a vivir, nos acompañan; sus conflictos son nuestra fuente de inspiración y valentía, sus aventuras y desventuras son parte del material fundamental con el que tratamos de construirnos. Los usamos de espejo y de mapa, y volvemos a ellos, una y otra vez, intentando encontrar ese nosequé, que a veces nos falta.Y hay otros, que a pesar del tiempo, generación tras generación, siguen atrapando lectores, y siguen siendo parte de ese material fundamental que la gente usa para dudar, y temer, y soñar, a la hora de imaginarse a sí mismos y su relación con el mundo, como si en sus páginas se escondieran los enigmas de la conciencia o inconciencia colectiva, los secretos mismos del ser.Hoy quisiera hablar de Dune, un libro que creo que es, y será, de esos que superan la prueba del tiempo. Se publicó hace ya 60 años, y desde entonces se ha convertido en un clásico con tremenda influencia en la cultura popular contemporánea. Como todos los libros que perduran, es un libro de temas atemporales: es sobre el poder, y sobre cómo la ecología, la economía, la tecnología, el conocimiento, la religión, lo individual y lo colectivo, todo, se enlaza y entrelaza en ese complejísimo juego de la política y el control. Además, en estos días en los que la inteligencia artificial controla información cada vez más sensible y se vuelve parte de nuestra vida cotidiana, Dune se siente hoy más vigente que nunca.La saga de Dune es larga, son varios libros. Frank Herbert escribió 6, y se sabe que estaba trabajando en un séptimo cuando murió. Hace unos días comencé a leer el quinto, y lo que me atrapó desde el principio, no fueron los conflictos internos de sus personajes, ni ningún vendaval de pasión desmesurada que los envuelve y derrumba, ni frases de una belleza que no deje respirar.El lenguaje del libro no se siente hermoso, en el sentido que no es poético o elegante, pero su tono, entre místico y formal, funciona porque encaja perfectamente con ese ambiente retrofuturista del imperio feudal intergaláctico en el que sucede la historia, y con las interrogantes filosóficas que despierta también.Y claro que los personajes tienen conflictos y pasiones complejas. No se sienten vacíos. Pero la historia no los explora de cerca, no se detiene mucho en ellos. Los individuos son importantes, pero su historia parece estar en función de lo colectivo. Las emociones más fuertes de la historia, las dudas e inquietudes que provoca, al menos para mí, no vienen de sus personajes y problemas individuales, sino de los colectivos. En ese sentido, creo que la fuerza del libro viene principalmente del tremendo poder de seducción del mundo que habitan estos individuos. Y conforme van avanzando los libros, este mundo se va sintiendo, más y más, como el gran protagonista de la historia.Ese mundo, es en parte Arrakis, el planeta desértico en el que sucede mucho de la historia, cuyo fascinante ecosistema produce la sustancia más valiosa del universo, y la extrema escasez de agua que ha moldeado la resiliente sociedad que lo habita: los Fremen.Arrakis y los Fremen son dos ejemplos de estos cautivantes protagonistas colectivos. Arrakis es mucho más que el lugar en el que suceden los hechos. Su ecosistema es uno de los principales atractivos de la historia, y cuando este cambia, cambian también los fremen, sus tradiciones, su cultura, su forma de ver el mundo. Incluso su apariencia física. Aunque esto es algo que se va haciendo más evidente conforme uno avanza en el los libros, desde el primer momento, los misterios y valores, tanto los de Arrakis, como los de los Fremen, se sienten como algo esencial.El destino de todos está vinculado de una forma u otra al ecosistema de Arrakis y a la sustancia que produce. Y de entrada nos vienen flashbacks de nuestra propia realidad. Sobre la dependencia que tiene una civilización respecto a una materia prima, sobre cómo los acuerdos internacionales son apenas un maquillaje ante los esfuerzos de ejercer control sobre la misma. Sobre cómo los cambios en la producción, en la distribución, en el medio ambiente del que depende esta matéria vital, tienen tremendas consecuencias macroeconómicas, geopolíticas, y claro que también en las vidas ...
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  • #31 Don Quijote de la Mancha - Miguel de Cervantes
    Oct 27 2025
    Don Quijote de la ManchaIncluso sin haberla leído todo mundo sabe más o menos de qué se trata la historia del valeroso Don Quijote de la Mancha: la de un señor ya entrado en años que después de leer tantos y tantos libros de caballería, termina convencido de que la realidad imaginada es la verdadera, y que la que se percibe con los sentidos, a veces no llega a ser más que una simple ilusión.Alonso Quijano mira a su alrededor y ve un mundo vulgar, materialista y cínico; entonces decide convertirse en Don Quijote de la Mancha, y lanzarse en busca de aventuras para salvar un mundo, que al parecer, solo existe en su imaginación: un mundo en el que la justicia existe y el valor importa. Un mundo en el que el amor es puro y en el que los sueños se hacen realidad.Pero no puede hacerlo solo. Para comenzar necesita un corcel legendario. Ni que Pegaso, Bucéfalo, o Marengo: Don Quijote tiene al sin igual Rocinante, tan desgarbado como su dueño, la montura ideal para la flor de la caballería andante.Además necesita una dama de quién enamorarse y a quien encomendarse: la sin par Dulcinea del Toboso, inspiración máxima de la virtud, y razón de ser de su existencia caballeresca.Y por último, necesita un escudero que sea testigo del poder de su brazo al enderezar entuertos, desfacer agravios, amparar doncellas, socorrer huérfanos, y acudir a los menesterosos.En una granja de puercos de un pueblo, de cuyo nombre el narrador no quiere acordarse, Don Quijote encuentra a un humilde campesino que se termina conviertiendo en el más leal escudero que caballero andante tuvo en el mundo.Pero Sancho Panza es más que un simple escudero. Es su compañero. Y en muchos sentidos su opuesto, como lo suelen ser los mejores amigos. Mientras a Don Quijote lo mueven ideales supremos; Sancho es sensible a apetitos más terrenales. Es pragmático, le gusta comer bien, es un tipo de este mundo. Le brillan los ojos pensando en fortunas, riquezas y la posibilidad de vivir sin hacer absolutamente nada. Para Don Quijote, lo que imagina es más real que lo que ve: los molinos son gigantes y las ventas son castillos. Para Sancho en cambio, sólo es real lo que puede ver, y tocar y sentir. Esa tensión - algunas veces cómica, y otras dramática - entre lo ideal y lo real es el motor de la novela, y Cervantes la usa para explorar de manera brillante, la compleja relación entre fantasía, realidad y la búsqueda de la verdad.Mientras uno va leyendo, es imposible no pensar en lo complejas que son las relaciones entre la realidad y la ficción. En cómo la una vive de la otra, como en una existencia simbiótica, pero también; en cómo se oponen, se enfrentan, y se transforman mutuamente, en una especie de ciclo dialéctico sin fin. A lo largo de la historia, la realidad castiga y desmiente a Don Quijote, una y otra vez, pero para él nada de eso es verdadero, sino la obra de celosos encantadores que lo persiguen y trastornan lo verdaderamente real.Con el tiempo vemos que la realidad no es inmune al poder de convicción de Don Quijote, a la belleza del mundo que imagina, a la infinita posibilidad que representa. En él, la vida se agranda, se ennoblece, y todos somos héroes y heroínas con historias increíbles y dignas de vivir y ser vividas.Entonces, poco a poco el mundo mágico de la caballería andante se va apoderando de la realidad, pues todos los que entran en contacto con Don Quijote se van contagiando y adaptando a la realidad imaginada que se va convirtiendo en la realidad real. Como si Cervantes ya hubiese intuido siglos atrás temas que serían clave en teorías posmodernas, o hasta en la física cuántica, mostrando que la forma en la que uno percibe el mundo tiene el poder de transformarlo.Además, en una movida excepcional, y profetizando el metaverso digital de nuestros días, en la Segunda Parte del Quijote, Cervantes hace que sus personajes sepan que se ha escrito y leído su historia. Y aparecen otros personajes que la han leído también, y que por haberla leído quieren hacer las cosas que hacen.En un momento conviven la ficción, la conciencia de los personajes de que esta existe, y los comentarios del narrador sobre la ficción que supuestamente ha sido escrita anteriormente, en árabe, por otro narrador -que de hecho a veces toma la palabra también-. Incluso aparece un personaje que cuando se encuentra con Don Quijote, dice haber visto a otro Quijote y a otro Sancho, que resultan ser los personajes del Quijote falso de Avellaneda, que se publicó un año antes que la segunda parte del Quijote, y que tuvo cierta influencia en el recorrido del Quijote original.Cervantes parece decirnos que toda realidad es un relato, y que todo relato puede hacerse realidad si alguien lo cree.Sin embargo, si bien la realidad no es inmune al valeroso corazón de Don Quijote, Don Quijote tampoco es inmune a la realidad. Gradualmente se va haciendo más ...
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  • #30 La Carretera - Cormac McCarthy
    Sep 1 2025
    La carretera Acabo de leer la Carretera, de Cormac McCarthy, y me impactó. Tal vez porque tengo un hijo de 6 años y ser padre es uno de los aspectos fundamentales de ser la persona que ahora mismo soy, o intento ser. El libro cuenta la historia del camino de un padre con su hijo hacia el sur, a través de un mundo que ya ha muerto. Todos los días son nublados porque ya no brilla el sol, y las noches sin estrellas son más oscuras que la oscuridad. Siempre hace frío, y no hay comida, todo ha muerto.Los sobreviventes vagabundean buscando refugio, latas de conserva y cuidándose de las barbaridades que pueden hacerse los unos a los otros.Pero el autor no gasta palabras en describir este mundo post apocalíptico, sino es brevemente a través del día a día entre padre e hijo. Es a través de ellos dos que vemos lo que pasó, lo que pasa, y lo que podría pasar. La historia te hace sentir varias cosas, pero hay algunas que son constantes de principio a fin. La primera es el terror. Justamente el otro día hablaba con un amigo sobre el terror en la literatura y de cómo normalmente me parece difícil asustarse leyendo libros, que normalmente las historias narradas oralmente asustan más que las escritas, por la entonación de la voz, por las pausas, los silencios, porque el narrador puede sentir a los que lo escuchan y los que lo escuchan pueden sentirlo a él. Pero este libro me mantuvo asustado todo el tiempo. No porque pasen cosas terroríficas todo el tiempo, sino porque uno sabe que en cualquier momento podrían pasar, incluso sin que el narrador lo mencione. Cada vez que el niño tiene que esperar a su padre mientras entra a alguna casa abandonada a buscar algo para comer, y el narrador va describiendo lo que el tipo hace en la casa, como revuelve la basura, como mira si hay algo que pueda arder, como trata de encontrar algún par de zapatos… uno se queda con el corazón en la boca pensando en el niño que lo espera afuera, flaquísimo y asustado, sin tiempo de jugar.La segunda, y en contraste con la primera, es la belleza. El libro está bellamente escrito. Escenas cortas, frases cortas, como si las palabras fueran tan valiosas como la comida. Una prosa cargada con destellos de poesía, que tanto en lo que dice, como en lo que esconde, nos maravilla nuevamente del hecho de estar vivos en este mundo encantado en el que todavía se escuchan los pájaros cantar. Tal vez sea por la presencia de esta belleza que nos aterroriza tanto pensar que al niño le pase algo. McCarthy tuvo la capacidad de hacernos ver en él a todos los niños del mundo, y queremos, desesperadamente, que se salve. Y que con él se salven simbólicamente todos los niños que no hemos podido y los que nunca podremos salvar. Pero, en semejante contexto, ¿qué significaría que se salve? Esta es otra cuestión que se siente presente durante toda la historia. Están yendo hacia el sur escapando del frío, pero no hay ninguna esperanza de que las plantas revivan, o de que el sol reaparezca. En el sur tampoco hay comida y en cualquier lugar encontrar otras personas puede ser un peligro mortal. Me imagino que esta tercera cuestión es sobre el sentido de la vida. En semejantes condiciones no sería mejor morir? Tal vez. De hecho, varios años atrás, cuando el viejo revolver que llevaban para casos de emergencia todavía tenía 3 balas en vez de 2, la madre del niño se había decidido por el suicidio. Y se habría llevado también al niño de haber podido. Para ella era la mejor forma de cuidarse y de cuidarlo, para ella era un acto de autopreservación, incluso de amor. No la juzga el padre, ni el hijo, ni el narrador.Por otro lado están los que deciden seguir viviendo, o sobreviviendo. Pero por qué, o para qué. O acaso tiene que haber una razón más allá de la vida misma insistiendo en existir? Son preguntas que van y vienen mientras acompañamos a padre e hijo por los restos desolados de un mundo erigido sobre las crueldades del nuestro.Recuerdo que cuando tenía unos 11 o 12 años preguntaba en casa para qué vivir si de todas formas algún día nos vamos a morir y se acabó. En las familias religiosas sería fácil responder hablando sobre el paraíso, sobre la vida después de la muerte, o sobre la reencarnación y algún acercamiento paulatino a alguna perfección.Pero en un mundo lleno de masacres y barbaries como el nuestro, a veces es difícil hablar de un dios que se esconde en el libre albedrío que nos dió, o sobre cualquier otra esperanza divina. Una de las frases que se me quedó de la novela dice: “no hay Dios y nosotros somos sus profetas”. Pero a pesar de que el mundo parece estar desprovisto de cualquier tipo de sentido, y de propósito, ya sea humano, o divino, el padre decide resistir, continuar. Un día el niño le pregunta qué fue lo más valiente que ha hecho en la vida. Y el padre le responde: levantarme esta mañana. Luego el niño le pregunta si lo dice de ...
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