#36 La palabra del mudo - Julio Ribeyro copertina

#36 La palabra del mudo - Julio Ribeyro

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En cada uno de nosotros existe un rincón interior en el que quedan apiladas anécdotas y recuerdos que nos impresionaron, que nos conmovieron, que nos dieron rabia, que nos hicieron o reír o llorar, y que, de tanto en tanto, reaparecen en nuestra memoria para recordarnos de qué se trata la vida.Una parte de esa compilación son recuerdos de cosas vividas por nosotros mismos; pero otra parte no. Son cosas que hemos leído, o el chisme de un vecino, o la anécdota de un amigo, la aventura de un tío, los recuerdos de la abuela. Sus historias se vuelven nuestras, y nosotros las volvemos a contar para compartir las emociones o visiones que causaron.Y otras veces ni siquiera son historias, sino simplemente un olor, un sabor, una melodía. La materia prima de sueños y pesadillas.Y es así como funcionan los cuentos de Julio Ramón Ribeyro; quizás por eso es que se sientan tan íntimos y tan propios: porque son como un episodio de esos que llevamos guardados dentro.Sus personajes se sienten familiares y cercanos; uno conecta con ellos en el acto: el viejo cruel que maltrata a sus nietos para alimentar el hambre voraz de un puerco que se llama Pascual, el colchonero que sería capaz de vender a su hija por dos pesos, el amigo que se muere de envidia por la mujer del otro, el logiero que se pasa la vida sin saber por qué hace lo que hace, el borrachín que no trabaja porque estudió para gerente… Todos nos recuerdan a algún familiar, a algún conocido o a alguna de las tantas personas que fuimos una vez.Así, en su antología La palabra del mudo, hay diferentes tipos de cuentos. Unos divertidos, como el cuento de la chicha valiosísima que guardaba una familia desde hace años, esperando la ocasión especial para compartirla, y que un día, por necesidad adolescente, el hijo quiere vender para generar flujo de caja, y que por cosas de la vida, en vez de degustada, termina orinada por un perro.Otros son curiosos, como el cuento de un artista que, obsesionado con la idea de que para cada uno de nosotros existe por lo menos una persona exactamente igual en este mundo, se lanza en una viaje de búsqueda que fracasa con todo éxito, pero en el que, sin embargo, encuentra el espejismo del amor, y que, al volver a casa, descubre que ha sido suplantado.Tiene cuentos sublevantes también, como «Al pier del acantilado», que narra la historia de don Leandro y sus dos hijos, que, como tanta gente, son empujados a las afueras de las afueras mientras buscan cómo hacerle para subsistir. Este cuento tiene la apertura más linda de todas, en la que Don Leandro, que hace de narrador, se compara con la higuerilla: una planta resiliente que lo aguanta todo, pero a la que también se la considera una maleza, una hierba mala e invasora.Escuchen cómo comienza:«Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla cómo crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares. Ella no pide favores a nadie; pide tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. No le dan tregua el sol ni la sal de los vientos del mar, la pisan los hombres y los tractores, pero la higuerilla sigue creciendo, propagándose, alimentándose de piedras y de basura. Por eso digo que somos como la higuerilla nosotros, la gente del pueblo.»¿Bonito, no?Escribe con una ternura sutil, con mesura, tanto en el humor como en las desgracias que a veces nos muestra; como si el narrador se preocupara hasta por el más desalmado de sus personajes, con cierto respeto por la vida, que se pinta venerable e incomprensible, que a su vez es ilusión y desencanto, bella fantasía y triste realidad, que tan pronto nos da como nos quita.Es esa sutilidad y mesura, esa dignidad que cobra la vida incluso en sus más duros desencantos, lo que más me gusta de los cuentos de Julio Ribeyro.Uno de los cuentos que más me gustó se llama «El profesor suplente».El cuento empieza cuando un político/profesor irrumpe de pronto en la casa de un matrimonio que ocupaba las últimas horas de la tarde ejerciendo el placer universal de quejarse, que motivos nunca faltan.El tipo que entra inmediatamente me hace acuerdo al meritísimo juez Siqueira, lumbrera del saber y mentor del pícaro poeta que narra la historia de mi querido capitán de ultramar.Entra entonces el meritísimo juez en su versión limeña: entra feliz de la vida y, antes de que nadie pueda hablar, anuncia que se tiene que ir ya mismo de viaje, quién sabe, tal vez a perderse en la dorada piel de la disimulada Dondoca, lo que explicaría su estado de exaltación.Antes de que le puedan responder, le dice al dueño de casa que por fin había llegado su oportunidad, que tiene que suplantarlo en las clases del colegio durante su ausencia, que un hombre de su calidad no puede ser un simple cobrador, que este puede ser el inicio de una brillante carrera, que él siempre supo que en ...
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