VI ESTACIÓN - La Verónica limpia el rostro de Jesús
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¿Somos nosotros mismos? ¿Nuestros actos están condicionados a qué dirán otros de mí? ¿Cuántas veces es mi corazón quien mueve mis actos? ¿Cuántas veces es mi fe la que me impulsa? La Verónica no dudó y siguió su corazón, un amor superior a ella que la impulsó valientemente hacía Jesús pese a los peligros que eso le pudiese traer. Limpió su sudor y su sangre... Quizás ella incluso vio en la sangre de nuestro Señor, la suya propia, su sufrimiento quizás le desgarro su propio corazón...
No podemos permanecer impasibles ante el sufrimiento ajeno por más tiempo... debemos volver a ser nosotros mismos, debemos revelarnos ante la indiferencia. Seguro nuestro corazón no sabe nada de fronteras, muros, aduanas o barreras; seguro nuestro corazón ayuda a la gente que viaja en una patera y está sedienta, seguro acoge al que se ha quedado sin nada y abraza al que llora desconsoladamente. Si nuestra fe y nuestro corazón nos guiaran no habría ya más guerras, porque no habría espacio para nada más que no fuera el amor.