Tu casa no es solo un lugar; está llamada a ser una iglesia doméstica.
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Jesús lloró sobre Jerusalén… y hoy llora sobre nuestros hogares.
A la luz de 1 Macabeos 2, el Salmo 49 y Lucas 19,41-44, esta reflexión nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: hemos llenado nuestras casas de ruido, pantallas y ocupaciones, mientras la oración, la fe y el amor se apagan lentamente en la iglesia doméstica.
En este episodio, el Señor nos habla con firmeza y ternura: no quiere casas perfectas, quiere hogares encendidos; no busca familias impecables, sino corazones que vuelvan a ponerlo en el centro. A través de una historia que toca el alma, una corrección profética y una invitación a comenzar de nuevo, se nos llama a transformar nuestra casa en un pequeño santuario donde Dios vuelva a ser esperado, nombrado y amado.
Porque el futuro de la Iglesia se está escribiendo, cada noche, en la mesa de tu casa.
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