En medio de tantas malas noticias, el Evangelio es una Buena Noticia, la mejor que podemos escuchar. La Epístola del Apóstol Pablo a los Romanos es la Carta de Libertad a una humanidad que vive esclava del pecado y la incredulidad en «la oscura pequeña celda de nuestro ego», como decía el periodista de la BBC convertido al cristianismo, Malcolm Muggeridge. Es un texto que cambió la vida de hombres como Agustín, Lutero, Wesley o Barth. Para ellos, Romanos fue el descubrimiento de la plena aceptación del pecador que hace Dios en su justicia, por su sola gracia en Cristo Jesús, a través de la fe. En esta primera parada en nuestra ruta por los 66 libros de la Biblia, consideramos los primeros diecisiete versículos del capítulo que abre la Carta. Entendemos que esta Noticia viene de Dios, se basa en la Escritura y es la persona de Cristo Jesús. Hablamos de su alcance universal, su poder para salvación y cómo la justicia de Dios se revela por la fe. Tratamos el mensaje de este libro en cada episodio de esta nueva serie sobre Romanos con la ilustración de una película que pensamos refleja un aspecto fundamental de la fe cristiana que encontramos en ese pasaje. Para este primero hemos escogido «La llegada» del canadiense Denis Villeneuve en 2016. La música original que lo acompaña es de Daniel Panduro, creador del diseño sonoro y la realización técnica de este programa; el texto y la locución es de José de Segovia. Cuando se habla de si hay vida inteligente fuera de este planeta, se obvia la cuestión de cómo podemos comunicarnos con ella. Ese es el tema precisamente de este film, nominado a ocho Oscar, cuyo protagonista es una lingüista interpretada por Amy Adams. Basado en un relato de Ted Chiang, la película del director de «Incendies» (2010) y «Prisioneros» (2013) parece a primera vista una parábola sobre la necesidad de comunicación para resolver los conflictos globales a los que nos enfrentamos. Sin embargo, tanto el prólogo como la conclusión nos muestran que trata en realidad del Tiempo. Pasado y futuro se confunden, para sugerir que no son más que construcciones que acaban determinando nuestra existencia. Somos criaturas del tiempo, nos guste o no. El autor de «2001: Una odisea del espacio» (1968), Arthur C. Clarke, decía que hay dos posibilidades: o estamos solos en el universo, o no lo estamos, pero las dos son igual de terroríficas. El primer temor es difícil de mostrar en el cine, aunque «Gravity» (2013) lo intenta. El segundo es mucho más habitual en la historia de la ciencia ficción. La cuestión no es si alguien está ahí, sino si podemos conocerle. Decía el filósofo Wittgenstein que si un león pudiera hablar, no le entenderíamos. ¿Es posible la comunicación con alguien que no tiene nada que ver con nosotros? La revelación bíblica nos muestra al Creador que ha hablado «muchas veces y de muchas maneras» (Hebreos 1:1). Lo importante en la Escritura no es si creemos que Dios existe, sino si Él se ha revelado, porque ¿de qué hablamos cuando hablamos de Dios? El Dios en que tú no crees, puede que yo tampoco crea que existe. El problema no es demostrar que haya un Dios, sino qué Dios es ese, para que podamos conocerle. El único lenguaje capaz de salvarnos es aquella Palabra en la que «estaba la vida», que «era la luz de los hombres» (Juan 1:4). Esa Luz eterna ilumina nuestra oscuridad (v. 5). Nos muestra nuestro propósito en la Tierra, que es recibir «la vida eterna» que ahora se ha manifestado (1 Juan 1:2). Por ella Dios llega a ser nuestro Padre y nosotros sus hijos, cuando creemos que en Él está la vida (Juan 1:12). Entonces no solo el universo, sino también nuestra propia existencia adquiere significado.
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