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La gota es el Mar

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Vivir desde el estado meditativo es realmente difícil y, para hacerlo de forma real, tendremos que practicar con frecuencia con ese objetivo. No solo por mejorar nuestra vida humana, sino para vivir desde la realidad interior.


Es cierto que cuando estamos centrados en nuestro interior, logramos separarnos de todas las cuestiones de la vida humana y nos reconocemos de una forma más completa y consciente.


Esa labor la está realizando nuestra “realidad interior” y es interesante observar que se trata de la misma realidad que en nuestro día a día se identifica con la “idea de ser un ser humano”.


Vemos así que nuestro yo profundo puede estar identificado con nuestro estado interior, o nuestro estado emocional, o nuestra capa mental. Damos vida a una identidad fluctuante entre situaciones cambiantes y diversas.


Siempre hay un yo profundo que da sustento al sujeto que se desenvuelve en la realidad humana.


Cuando ya nos hemos conseguido desidentificar de "no soy eso que pienso", "yo no soy eso que creo", "yo no soy eso que recuerdo", "yo no soy esa emoción", "yo no soy el que desea encontrar la paz", "yo no soy el que se busca", "yo no soy el que necesita mirar fuera”, porque no puedo hacer otra cosa más que ser lo que soy.


Cuando logramos ese descanso de necesitar identificarnos con lo que no somos, conseguimos la estabilidad de reconocer la realidad interior. Nos aporta paz, energía y presencia.


El estar supeditados a las realidades exteriores puede que nos haya limitado y condicionado enormemente.


No hay nada que se asemeje al reconocimiento pleno de nuestra realidad interior.


Estar en lo que somos, esa realidad que anteriormente se reconocía en lo efímero, nos aporta una sensación de realidad ajena e independiente de todo y en adelante querremos prestarnos toda la atención.


Cuando estamos sobre la base de nuestra realidad interior, sin más, tenemos el respaldo de lo permanente y real, y podremos preguntarnos legítimamente: ¿Quién soy? ¿Por qué estoy? ¿Y qué quieres de mí?


Generalmente, dudamos de nuestros pensamientos, que son efímeros e inconsistentes. Dudamos de nuestras emociones y de todos los recuerdos almacenados sobre nuestra vida. Dudamos simplemente porque son propiamente identificaciones generadas desde el desconocimiento de uno mismo y nuestra proyección mental. Por ese motivo estaremos convencidos de que nuestro interior no puede hablarnos, ni entenderemos sus realidades.


Sin embargo, cuando hemos soltado todo, comenzaremos a entender el lenguaje de nuestro interior, nunca referido a cuestiones comprensibles humanas.


Se trata de sensaciones que tienen que ver con lo real y que terminan siendo más notorias y palpables que cualquier cuestión exterior.


Otra pregunta que nos haremos es: ¿por qué somos una consciencia separada e independiente si lo que se percibe desde el interior es ser la misma realidad que el todo?


¿Por qué nos manifestamos como identidades humanas desconectadas de nuestra realidad interior?


Cuando hemos soltado todo y hemos logrado cierto reconocimiento de nuestra realidad interior, nos acercamos a esa ventana tras la cual nos percibimos en unidad con el todo, una realidad unificada.


Ni siquiera obtenemos una respuesta a nuestras preguntas, ya que toda nuestra atención estará inmersa en esa unificación con el todo.


En el momento en que entremos dentro, seremos ya la respuesta, quedando en la absoluta paz del Ser.

Reconoceremos que estamos aquí en lo humano, porque desde ese interior unificado hay un querer hacerlo.


Existe un impulso para salirse de esa realidad unificada con la intención de manifestarnos en esta dimensión humana. No porque nosotros lo entendamos, o lo pensemos. Simplemente reconocemos que hay una causa que nos genera como seres humanos.

Ese impulso sale de sí mismo y cruza la ventana de manera que se individualiza, manteniendo la capacidad de autorreconocerse de forma separada, y es nuestro cuerpo el que sostiene la posibilidad de contemplarnos de ese modo

Continúa,..

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