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El camino hacia el Amor,…


Hablar del amor, y del estado del enamorado, deja de tener sentido, al tener tantas connotaciones circunstanciales y humanas.


Son estados tan alterados de nuestra consciencia racional y ala vez, tan cargados con la confrontación de un estado interior con la realidad humana, que necesitamos hacer espacio en nuestra reflexión interna y desvincularlo de todas nuestras experiencias concretas.


Para poderlo interiorizar adecuadamente, con seguridad, sustituir estas denominaciones por la de el “despertar” nos va a ayudar enormemente en el comprender que de qué se trata realmente.


Nos permite desvincularnos del dolor, o del extremo sentir, para hacerlo una cuestión personal, como realmente es.


Suele ser difícil hacer esto cuando estamos pasando por ese estado de enamoramiento, ya que por lo general, esta vinculado a un sujeto externo, al que le elevamos a la posición divina de quién es capaz de despertar esa percepción interior tan potente.


Somos, en esos momentos, incapaces de procesar lo que está ocurriendo y únicamente logramos mantenernos en ese amor en la medida en que alguien sujete nuestra vivencia, que viene a ser la persona que actuó de señuelo.


Resulta más sencillo desvincularnos de esa persona cuando ya se produjo la ruptura y quedó en el pasado o el olvido.


De cualquier modo, cuando logremos separarnos de esa persona externa para hacernos responsables de nuestros sentimientos completamente, en un principio dejaremos de tener dolor, ya que aceptamos la realidad de nuestro sentir y asumimos que es algo nuestro, completamente personal.


Si seguimos asumiendo nuestro estado interior tendremos las posibilidad de profundizar en el origen de ese estado de enamoramiento. Veremos que se trata de un estado de ser muy concreto y real.


Podríamos hacer nuestras las palabras: “Mi corazón está abierto”, o quizás mejor: “Estoy despierto”.


Si hacemos nuestra esa realidad interior y nos permitimos percibir ese estado en toda su magnitud mientras buscamos el origen, estaremos acercándonos al ser que somos que es capaz de percibir tal enamoramiento.


Nos encontraremos con nuestra realidad interior y lo percibiremos como a “un amante interior”.


En esa contemplación, nuestra idea de ser un ser humano se prestará a contemplarlo como una realidad separada que nos entrega tal cantidad de amor que no podremos hacer otra cosa que dejarnos amar.


Ese amor nos envolverá de tal modo, que dejaremos de contemplarnos como algo diferente sintiendo que nos fundimos como un solo ser que contiene todo lo amado y a todo el que ama.


En esta experiencia de fusión nos estamos abriendo a una realidad mucho más allá de lo que en lo humano podremos experimentar.


Aun pensaremos como un ser humano que ahora se da cuenta de que ese amante interior siempre ha estado y que cada vez que nos enamoramos, realmente es una activación de la percepción interior de ese amor y que a su vez proyectamos en un elemento exterior, del que creeremos depender para sostener el amor.


¿Nos extraña que busquemos el amor como una de las motivaciones que nos acompaña toda la vida?

Es tan desgarrador recibir el impacto de ese amor y no saber como manejarlo en la práctica.


Cuanto más potente sea ese despertar de la capacidad de percibir el amor, mayor será la dependencia que nos genera y más depresión nos causará la imposibilidad de que desde las relaciones humanas se sostenga semejante despertar.


Si logramos seguir la pista del recorrido que hace ese despertar al amor en la dirección desde donde se produce, veremos que es una cualidad interior, que poco tiene que ver con lo que en lo humano.


Para aceptar esto, es imprescindible habernos dado cuenta de que somos dos realidades, una realidad física que sustenta ser un ser humano, y una realidad interior que se percibe contenida en el cuerpo.


Con el tiempo y la reflexión interior, veremos que son realidades completamente diferentes que existen en realidad “separadas”.



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