El Gran Dragón Rojo
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El averno.
¡Las grandes cavernas del averno! En ellas tiritaba de frío aún en pleno verano, y las grandes palmeras del oasis que veía agitarse a través de los cristales divinos de Binti, llenaban de angustia mi joven espíritu arconte.
Yo prefería a la seguridad fría de esos grandes abismos, la sublimación sin fin de las fraguas de la armería, la armería en donde se amontonan los báculos de luz, la sombra polvorienta y olorosa de los patios de entrenamiento de la Fuerza de Lobo y el ambiente templado y asfixiante que se respiraba en los talleres de las esferas blancas.
¡La armería sobre todo! Yo experimentaba extraño y poderoso bienestar respirando allí, en las ardientes tardes de verano, el olor del cristal divino fundido, de discreta pero constante iridiscencia; los aromas del cristal azul un poco acres que hacían potenciar las corrientes de aire establecidas abriendo los pasajes secretos de la gran pirámide…
¿Y las grandes extensiones de tierra de labranza en los fértiles valles del Gran Río? Todas las tardes me embriagaba el olor de la tierra del mundo de la superficie como si lo sintiese por primera vez. Me gustaba entonces, ir a sentarme en lo alto del gran cerbero de piedra, al aire libre del desierto y entre las sacerdotisas elohim, y escuchar allí atentamente los pensamientos que morían a lo lejos, los pensamientos de los ángeles y de los demonios y el apagado zumbido de los motores de las esferas blancas. Me gustaba también el olor de la arena seca y ardiente, la frescura de las raras lluvias y el aroma de la piel mojada de las mujeres humanas, y mi alma desfallecía contemplando al Gran Dragón Rojo que, extenuado, se hundía en el horizonte para morir.
El Quinto Sol – Libro IV: La Niebla del Sabio