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Del Enamoramiento al Despertar

Del Enamoramiento al Despertar

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Del Enamoramiento al Despertar


Cuando el amor se despierta en forma de enamoramiento nuestra vida se convulsiona y entramos en un estado que nos saca de la razón, más fuerte que ninguna otra cosa, nuestra vida se conmociona.


Se dice que tiene su explicación en la bioquímica de nuestro cuerpo, aunque imagino que se desconoce el desencadenante.


Por experiencia propia, puedo afirmar que el enamoramiento es la antesala del despertar y ya es nuestra situación o estado la que determina su evolución.


Difícilmente estamos preparados para permanecer en ese estado y a la vez, saberlo manejar.


Nos saca de la monotonía de la vida porque algo se despierta, captamos una realidad que no sabemos ubicar y que sobrevuela a todo lo demás.


Al día de hoy, quizás sin estar enamorados, podemos echar la mirada atrás y rememorar esos momentos para reflexionar sobre ello y quizás, poner orden y entender la trascendencia de ese enamorarse.


Se trata de un estado que no sabemos si es externo, o interno, si podemos compartir o no. Únicamente podemos reconocer la intensidad y la realidad de esas vivencias.


Para poder profundizar en la observación y la comprensión de ese estado necesitamos desechar todas las fantasías y las vinculaciones con el sujeto que desencadenó nuestro enamoramiento.


Se trata de un despertar a una realidad interior que tenemos que recolectar, evitando todos los añadidos que se unieron a esa experiencia. Por ejemplo,, si fuimos correspondidos o no, si fue una experiencia traumática o no, si lo vivimos de una manera u otra.


Buscamos quedarnos con nuestro sujeto interior que experimento esa transformación de percepción tan intenso de la realidad, tanto la propia, como con respecto a la experiencia de vivir.


Vamos a quedarnos con nuestra sensación interior, al margen de la persona que despertó esa transformación.


Quién despierta ese estado es sin duda nuestro ser interior, quizás como nunca antes hayamos experimentado.


Ese estado de amor está encendido en nuestro interior como un fuego que parece consumirnos.


Nuestra capacidad de percibir en todas las direcciones se amplifica enormemente.


Cualquier estímulo externo puede hacer de disparador aunque la detonación sea completamente interior.


Una vez entramos en ese estado lo natural es volcarnos en la propia experiencia externa que nos despertó.


Acostumbrados a reconocernos en el ser humano que observamos en nuestro cuerpo y en la realidad externa, es lógico que nos apoyemos en esa realidad para obtener un reflejo de ese estado de amor.


Quizás el enamoramiento sea ya muy lejano, quizás esa persona ya no esté, o sobrevino en desamor y sin embargo, en nuestro recuerdo aún esta la sensación del enamoramiento, unido ahora al olvido y el desencuentro, pero no por ello ignoramos lo que es el estado de enamoramiento.


Aunque con la mente no creamos ya en el amor, ni esperamos se repita, ese ser interior que despertó sigue intacto y consciente.


Al creer que el estado de enamoramiento es dependiente de la persona que refleja el amor, nuestra capacidad de estar en el amor dormita completamente.


Necesitamos comprender la naturaleza ed esa capacidad de amor y lo que deseábamos en esos momentos. Fundirnos con el otro como si fuéramos un solo ser.


La interiorización y el descubrimiento de ese ser que fue capaz de enamorarse nos lleva a poder reflexionar del porqué de la frustración al tratar de hacerlo real en una vida donde fundirse no es posible.


Si fuimos correspondidos en un estado de enamoramiento similar, seguramente vivimos como en un sueño, en una locura, de querer ser un mismo cuerpo, de no separarse, de sufrir por tener que tomar diferentes caminos, aunque fuese solo por unas horas.


Si descubrimos la naturaleza de nuestro ser interior y avanzamos en reconocer su realidad y su dimensión, veremos que esa realidad suya es compartida, unitaria, sin lograr identificar dónde comienza nuestra energía y dónde la del otro.


Continúa,....

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