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Cuando nuestra práctica de meditación forma parte de nuestra vida diaria, tendremos un punto de contacto y de referencia permanente que se hace notar en el día a día.
Se trata como de una insistente presencia que nos reclama atención, tranquilidad y paz.
Nos aporta una sensación de realidad mucho mayor que todo lo que pensamos ser y por ello, solemos hacer más silencio cada vez.
Esa presencia, sensación o reconocimiento interno es realmente la que recorre y nos guía conscientemente en el proceso del camino interior.
Se podría decir que reconocemos el hábitat de nuestro yo profundo a través de esas sensaciones que, al intensificarse, nos dan la capacidad de soltarlo todo de forma instantánea cuando nos sentamos a meditar.
Incluso, se podría decir que vivimos en adelante siendo conscientes de que no somos lo que vivimos.
Nos sentamos a meditar y toda nuestra atención se centra en esa sensación interior que nos termina por mostrar la faz del ser que habita en nosotros. Simplemente, porque le prestamos toda nuestra atención.
En ese centro del que somos tan conscientes, no existen proyecciones de ningún tipo; nada sale, ni se genera hacia afuera. No hay pensamientos ni emociones.
Reconocemos que en ese punto central es desde donde parte la energía para realizar cualquier acto.
Cuando estamos posicionados en ese punto central, estamos en el lugar perfecto para observar todos los fenómenos humanos que estamos transitando.
Debajo de uno mismo, de ese punto central desde donde se genera todo, hay como una puerta por donde se genera todo. Es la puerta que nos lleva a la unidad. Atravesándola, entramos en un lugar global donde reside un ser infinito.
Cuando entramos en ese espacio interior, dejamos de mirar por ese espacio estrecho de la puerta, del mismo modo a como es nuestra consciencia de individualidad.
Estando en meditación, enfocados en el origen de todo sin mirar sus creaciones, conectamos con el fluir directo de la Fuente. Podemos atravesar ese flujo para llegar a reconocer el almacén general que nutre todos los manantiales. Podemos tener esa experiencia si recorremos el camino inverso de nuestro río, individualizado hacia la unidad.
Los seres humanos estamos en una situación de privilegio porque podemos llegar a estar siendo conscientes del espacio interior unificado, al tiempo que podemos asomarnos a través de esa puerta, o manantial, para estar en contacto con el mundo separado de la individualidad, en la que, por lo general, se ha perdido el conocimiento de la unidad.
Nuestro interior más profundo prácticamente es el uno, aunque enfocado en reconocerse mediante el cuerpo en la consciencia de ser individual, separado y perdido.
Siempre tendremos la posibilidad de percibirnos reales en ese ser interior que no podemos dejar de ser.
Podemos realizar la práctica de percibir la unidad, permaneciendo un tiempo, para luego observar cómo se lleva a cabo ese cambio de reconocimiento de identidad y cómo funciona.
Desde ese lugar privilegiado de contemplación, podemos observar cómo se originan las acciones que realizamos como seres humanos, cómo se interrelaciona nuestro interior con la realidad externa, cómo nos afecta el anhelo de unidad en todo ello.
Todo lo que generamos se puede desarrollar en las emociones, en pensamientos y en actos, pero todo ello se origina desde nuestro centro.
Nuestra atención puede estar en cualquier capa de manifestación, pero siempre hay un soporte desde la fuente que sostiene el río.
El soporte de la Fuente lo notaremos especialmente cuando estamos plenamente centrados en su fluir y, a su vez, no hacemos absolutamente nada para ello.
Generalmente, reconocemos nuestra realidad en base a nuestros actos; creemos que tenemos que manifestarnos de algún modo. Sin embargo, en esta situación donde no hacemos nada, nos llena de admiración contemplar la pureza de esas aguas que fluyen por sí mismas.
Continúa,....